Veganismo. Historia, mitos y verdades

Veganismo. Historia, mitos y verdades

El conocimiento cada vez más profundo sobre el funcionamiento de la industria ganadera, de la situación que viven miles de millones de animales en algunas de sus instalaciones y de su impacto medioambiental ha encendido una luz en la moral de muchas personas. En la actualidad, decenas de millones de personas han decidido dejar de colaborar con esta industria a causa de las escenas de tortura y maltrato que de vez en cuando se producen. Para ello han dado un cambio radical y revolucionario a su modo de vida y han decidido abandonar el consumo de carne, lácteos, huevos, miel, pescado, etc. en aras de la filosofía vegana. No obstante, aún existen demasiadas dudas sobre qué es el veganismo, cuáles son sus objetivos y sus premisas y cuáles sus argumentos. En Periérgeia desvelamos las claves de un movimiento que busca cambiar el mundo a mejor

Cada vez más personas son veganas o vegetarianas. Un simple vistazo a nuestro círculo social o a la televisión lo evidencia rápidamente: Brad Pitt, Natalie Portman, Tobey Maguire, David Duchovny, Alissa White-Gluz, Jane Goodall, Jared Leto, Kristen Stewart… Todos ellos son nombres conocidos que en mayor o menor medida siguen o han seguido estos movimientos. Pero aunque hayamos escuchado en alguna ocasión la palabra “vegano/a” o “veganismo”, a muchas personas todavía no les ha quedado claro completamente a qué hacen referencia. Por tanto, la pregunta es obvia: ¿Qué es el veganismo?

El veganismo es un movimiento social (esto es, según la definición que aportó el sociólogo italiano Alberto Melucci, una forma de actuación colectiva solidaria contra un conflicto determinado y que rompe los límites del sistema social en el cual se desarrolla) cuyo interés principal es velar por el bienestar de los animales explotados y sometidos a nuestros designios. Para ello, las personas que defienden el veganismo, o sea, los veganos, han tomado una serie de medidas que quedan plasmadas en cambios importantes en su modo de vida. Las modificaciones más destacables se dan en la dieta que ahora siguen estas personas: centrándonos en los veganos estrictos, estos no comen ni animales (ni carne ni pescado) ni ningún producto procedente de estos (huevos, lácteos, miel). En cambio y para distinguirlos de los vegetarianos, estos últimos sí se permiten consumir productos derivados, como huevos o leche o ambos (ovo- lacto-vegetarianos). Asimismo, los veganos estrictos evitan llevar prendas, accesorios o maquillajes en cuya fabricación haya intervenido la explotación animal. Si acudimos a la institución que se encuentra en el origen de este movimiento, The Vegan Society, la definición de veganismo sería, según aparece reflejada en uno de sus memorandos (veremos posteriormente que no es la única):

“Una filosofía y una forma de vida que busca excluir -en la medida de lo posible y practicable- todas las formas de explotación y crueldad hacia los animales con fines alimentarios, de vestimenta o de cualquier otro tipo; y que, por extensión, promueve el desarrollo y el uso de alternativas sin animales en beneficio de los seres humanos, los animales y el medio ambiente. En términos dietéticos denota la práctica de prescindir de todos los productos derivados total o parcialmente de los animales”.

Por tanto, también se incluyen entre los objetivos del veganismo conseguir una mejora medioambiental a través de esas prácticas y de la propia salud. Muchos de sus militantes suelen considerar el veganismo como la única forma de asegurar el bienestar de los animales. El veganismo, al contrario que los movimientos sociales clásicos que buscan metamorfosis legislativas y/o políticas, versa sus metas fundamentalmente en conseguir y mantener diariamente un cambio en el estilo de vida personal que conlleve un menor sufrimiento de los animales. Bien es cierto que esta definición no incluye a todos los practicantes del veganismo, pues existen distintos grados y casos en los que, por ejemplo, se incluyen determinados productos animales atendiendo a definiciones personales e individuales de lo que es ser vegano. Estas variantes y alternativas al veganismo estricto han conllevado guerras intestinas dentro del movimiento prácticamente desde sus orígenes y, como veremos a continuación, estos enfrentamientos han determinado en gran medida el veganismo de nuestros días.

Los conflictivos orígenes del veganismo

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Escudo jainita. Religiones de todos

Aunque la descripción de veganismo que hemos aportado es muy reciente, es posible rastrear filosofías y creencias ancestrales que confluyen en ciertos aspectos con el veganismo actual. Es el caso del jainismo, una religión milenaria hindú. Sus seguidores practican el principio de la no violencia o ahimsa y un respeto extremo hacia todo ser vivo, prácticas que consideran esenciales para conseguir la liberación y perfeccionamiento del alma. Los jainitas consideran que matar cualquier forma de vida añade karma al alma, como si fuera una suerte de prisión que dificulta el retorno de esta a su verdadero hogar. Los jainitas llegan incluso más lejos que los veganos, ya que en su preocupación por todo lo que está vivo o contiene un alma también incluyen a las plantas. Es practicada por cerca de 4 millones de personas en la India y lo mejor de todo es que quienes se lo toman en serio van más allá de sus preceptos teóricos. Por ejemplo, muchos de sus monjes vagan por las calles completamente desnudos; rechazan cualquier prenda por ser de origen animal o vegetal.

Muchos de ellos también suelen cubrir sus bocas con un paño para evitar ingerir accidentalmente insectos e incluso suelen llevar con ellos una escoba para barrer el camino por el que van a pasar y así despejar este de insectos para evitar pisarlos. Obviamente, de una forma u otra acaban matando a algún ser vivo para alimentarse y subsistir, aunque también es cierto que es una religión que cuenta con un gran número de ascetas que se alimentan de lo mínimo posible. Incluso, algunos practicantes usan una tela como filtro a la hora de beber agua para no ingerir seres microscópicos.

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Monjes jainitas con sus singulares formas de proteger la vida. En Buenas Manos

Sin embargo, el movimiento vegano como tal comienza en 1944. En aquel año surgió la semilla de la ya mencionada The Vegan Society, la primera organización vegana del mundo. El padre y principal impulsor de esta iniciativa fue el británico Donald Watson (1910 – 2005), nacido en South Yorkshire, y quien junto a su mujer Dorothy fueron los inventores del neologismo “vegano” o “vegan”, que procede del acortamiento de la palabra “VEGetariAN”. La idea les vino tras una propuesta de dos de los primeros miembros de la citada organización, G. A. Henderson y Fay K. Henderson, quienes propusieron denominar a la recién nacida organización y a la revista trimestral que emitía Allvega y Allvegan respectivamente.

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Donald Watson, fundador de The Vegan Society, la primera organización vegana del mundo. The Vegan Society

El embrión de esta organización lo podemos encontrar en una petición que Watson envió a Vegetarian Messenger, la publicación semanal de la Sociedad Vegetariana Británica, en la que instaba a los vegetarianos a dar un paso más allá y, además de la carne, abandonar también huevos, lácteos y derivados. El grupo renegó de aquella proposición pero se ofrecieron a publicitar y divulgar los manuscritos de Watson y lo invitaron incluso a que fundara un nuevo grupo. Watson comenzó a publicar un humilde boletín amparado por la organización vegetariana. Fue en su segunda edición cuando propuso a sus suscriptores fundar un nuevo grupo basado en los principios del veganismo.

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Petición que Watson realizó a la Sociedad Vegetariana británica para dar un paso más allá y evitar el consumo de productos derivados de animales. Vegan Society Today

En 1945 Watson presidió un pequeño comité que se reunió en Londres. Allí se decidió el nombre de la organización y allí nació el primer manifiesto publicado por Watson en el que se establecieron los propósitos de The Vegan Society, que a grandes rasgos son los siguientes: excluir cualquier animal o producto derivado de la alimentación y promocionar el uso de bienes que no sean de origen animal. Es decir, en un principio el movimiento vegano se preocupaba exclusivamente por el bienestar de los animales, y particularmente de su consumo más que de su tratamiento (algo que cambiaría con el tiempo). De hecho, Watson se hizo vegano no solo por evitar la explotación animal sino también por los beneficios para la salud derivados. Tanto él como Dugald Semple, otro importante personaje en la historia del veganismo (fue cofundador de la organización junto con Watson), clamaron que la mejora en la salud era otro de los beneficios de convertirse al veganismo. La preocupación medioambiental se acuñaría por algunos veganos posteriormente, como puede verse en los manifiestos más tardíos.

Watson fue un personaje interesante. Aseguraba que había sido estrictamente vegano desde 1924, es decir, pasó 81 años sin comer nada que procediese de un animal siempre según su testimonio. Según comentó en varias entrevistas, la decisión de seguir una dieta vegana la tomó tras un acontecimiento que vivió en su infancia y que le marcó para siempre. Ocurrió en unas vacaciones en la granja de su tío George. Él sentía cierta apreciación por los cerdos de su tío porque se alegraban cuando lo veían. Por tanto, debemos suponer que cuando llegó el día en que su tío sacrificó a uno de los cerdos, su mente infantil, impresionable, se vio tremendamente conmocionada, y que la sangre y los gritos del animal acabaron grabados a fuego en su memoria.

Sin embargo, aunque se gestó un término para denominar al recién creado movimiento, este carecía de una definición… hasta 1949. Aquel año, el vicepresidente de la organización, Leslie J. Cross, lo describió como:

“El principio de la emancipación de los animales de la explotación por el hombre”.

Curiosamente, en un principio surgieron disensiones sobre cómo definir el veganismo, concretamente entre Cross y Watson. Mientras que el segundo definió el veganismo de una forma más moderada (más similar a la definición dada más arriba), Cross defendía que The Vegan Society debería transformarse en una organización que asegurase los derechos de los animales, lo que debería incluir en consecuencia la oposición a todas aquellas actividades que incluyan el maltrato o la subyugación de los animales (véase pesca, tauromaquia, la caza, las peleas de gallos o perros, la vivisección…). De hecho, Cross, que ha sido definido como purista y radical, defendía que quien quisiese formar parte de la organización estaría obligado a aceptar estos requerimientos. En caso contrario, su solicitud de membresía sería denegada. Y esta segunda parte, esta imposición, es la que causó el rechazo de Watson y del resto de miembros fundadores. Hay que tener en cuenta, que Watson y sus colaboradores sólo pedían un requerimiento básico para formar parte de su organización, y así lo expresaron en la segunda edición de su boletín:

“Deseo ser inscrito como Miembro de la Sociedad Vegana, y durante mi período de membresía prometo no participar de pescado, carne, aves, huevos, leche de animales o cualquiera de sus productos, y también que no usaré conscientemente los alimentos en ninguno de los productos arriba mencionados. En su lugar usaré los productos sanos del reino vegetal”.

Esta era la única obligación que había que cumplir si una persona deseaba formar parte de The Vegan Society. En el resto de cuestiones, como vestir ropa o complementos procedentes de animales, los dirigentes de la sociedad eran más permisivos, es decir, no las prohibían aunque sí fomentaban evitarlas (este rasgo fue heredado de la sociedad vegetariana, donde también se promulgaba). No obstante, parece que esta oposición a los deseos de Cross jugó en su contra, ya que en 1948 Watson abandonó el liderazgo de la organización, según algunos historiadores por presiones procedentes de los seguidores de Cross. Aun así, tanto él como los miembros fundadores recibieron títulos honoríficos de por vida, en los que se reconocían sus inestimables aportaciones al movimiento. Ese mismo año casualmente Leslie Cross pasó a formar parte de la junta directiva. En 1950, Cross logró llevar a cabo su treta al conseguir introducir en la organización a un gran número de defensores por los derechos de los animales seguidores de su doctrina, de tal manera que consiguió controlar los votos de la organización y llegar al liderazgo. Fue entonces cuando Cross aprovechó para desacreditar todo lo posible a todos aquellos que en un principio se opusieron a sus ideales, incluyendo al mismo fundador de la organización, sustituyéndolos por gente de su confianza y revocando sus títulos honoríficos. También aprovechó para modificar la constitución de la organización y la definición de veganismo, ajustándola a sus propuestas iniciales sobre los derechos de los animales. En comunicados posteriores, Leslie Cross estableció que aquellos autoproclamados veganos que no siguiesen su concepción vegana no podrían ser considerados como tales, generando una especie de Apartheid en el interior del movimiento vegano (su concepción realmente caló en este movimiento, pues a día de hoy se puede observar cómo los sectores más recalcitrantes del veganismo y del animalismo ignora a todas aquellas personas que no siguen su forma de ver el mundo). En publicaciones posteriores también llegó a afirmar que él fue el auténtico fundador del veganismo y de la primera organización vegana del mundo y que Watson no era un auténtico vegano en el momento en que la organización fue gestada, por lo que no era lícito considerar a este último como creador del movimiento. Parece que su visión del veganismo acabó disgustando dentro de la organización y varios miembros abandonaron su apoyo, dejando a Cross al frente de una organización diezmada y empobrecida económicamente. Finalmente, Leslie Cross terminó abandonando su liderazgo en 1957 y sus preceptos fueron sustituidos por un concepto de veganismo más acorde a la versión más moderada que inicialmente propuso Donald Watson. Este último sólo apareció una vez más por la organización, en 1988, cuando el comité decidió restaurar su título honorífico poco después de la muerte de Cross.

Actualmente, The Vegan Society define el veganismo de una forma similar a la expuesta al principio de este artículo. Como puede observarse, es una definición abierta a interpretación y que incide en la situación personal de cada persona. El veganismo es definido como una búsqueda personal en aras de evitar la explotación animal, pero siempre en la medida de las posibilidades de cada uno. Es decir, cualquiera que participe en esa búsqueda es vegano según esta concepción, por tanto, no tienen demasiado sentido esas trifulcas epistemológicas, en ocasiones irrespetuosas, sobre quién puede ser vegano y quién no.

Claramente los orígenes y desarrollo del veganismo fueron bastante conflictivos, algo que no hizo más que obstaculizar el avance del movimiento y la hermandad entre sus seguidores. Estos enfrentamientos entre las dos facciones de veganos (los adeptos a Watson y los adeptos a Cross, facciones que se han extendido por todo el mundo) han seguido produciéndose constantemente, de tal manera que la organización ha ido cayendo en manos de unos y de otros sufriendo las modificaciones pertinentes (e.g., la definición de veganismo ha sido modificada 13 veces). Lo cierto es que es energía malgastada que podría emplearse para una difusión más eficaz del veganismo a un público más amplio. No obstante e independientemente de los conflictos en The Vegan Society, esto no ha impedido que el veganismo se haya expandido y que un número cada vez mayor de personas se hayan decidido por el activismo vegano.

Las motivaciones de los veganos

El veganismo junto con el vegetarianismo son movimientos que han ido consiguiendo adeptos de un tiempo a esta parte. Por ejemplo, según una encuesta Gallup realizada en 1990, desde 1988 el número de personas que seguían estas filosofías aumentó un 23%. En otro sondeo, realizado esta vez por la compañía MORI, se recogió la opinión de 1997 personas de 18 años y mayores de esa edad. Del conjunto muestral, un 3% afirmó ser vegetariano y un 2% que lo había sido. Tras ser preguntados por sus motivaciones, un 58% expresó sus reticencias sobre el uso de animales para la alimentación, un 61% rehusaba la cría de animales intensiva, al 49% le preocupaban los problemas de salud derivados del consumo de carne (como resultado de las hormonas y los químicos añadidos) y tan solo el 8% se preocupaba por los elevados precios de los productos de origen animal. Por tanto, parece ser que lo que motiva a la mayoría de personas que siguen este modo de vida es la salud y el malestar animal. Otro sondeo más reciente (2006) y realizado en los Estados Unidos estimó que aproximadamente 8 millones de adultos eran vegetarianos, de los cuales 3.7 millones eran veganos. Es decir, nos encontramos ante un movimiento en claro crecimiento y con cada vez más adeptos en todo el mundo, lo cual también es palpable en la venta de alternativas veganas y vegetarianas en cada vez más establecimientos (restaurantes, supermercados, etc.).

Merece la pena dedicar unas líneas a los motivos por los que una persona omnívora decide seguir alguno de estos movimientos. Los investigadores Beardsworth y Keil, a partir de un sondeo realizado a 76 personas británicas con edades comprendidas en dos rangos (26-30 y 31-35), establecieron dos vías de conversión: una gradual y otra abrupta, si bien es cierto que la motivación de cada individuo era prácticamente única. Parece ser que a la hora de tomar la primera vía juega un papel importante la influencia que sobre nosotros puedan ejercer las personas de nuestro entorno social, es decir, si tenemos conocidos veganos o no. En cambio, el conocimiento de determinadas prácticas inhumanas y crueles que pueden llegar a ocurrir en la cría de animales y en la ganadería es el factor más destacable que induce a tomar la vía abrupta. Los programas y documentales que muestran estas aberraciones tienen mucho que ver por ejemplo. Parece que el inicio de estas prácticas comienza tras la independencia del control parental, ya que los padres suelen reprimir estas conductas. También es interesante que un número significativo de personas que han seguido la senda del veganismo (o la del vegetarianismo) acaban abandonándola tras un cierto tiempo. Los expertos sostienen que aquellos que experimentan una suerte de “epifanía” o revelación son los que más perseveran.

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Según las diferentes encuestas que se han realizado entre el público vegetariano y vegano, la principal razón por la que la población cambia sus hábitos de vida hacia un modo vegano o vegetariano es la propia salud y el tratamiento ético hacia los animales. Pixabay

A conclusiones similares llegaron Nick Fox y Katie Ward, investigadores de la Universidad de Sheffield, en un sondeo realizado a 33 personas de EE.UU., Canadá y Reino Unido, aunque en este caso ellos trataban de entender las motivaciones para ser vegetariano. De nuevo, la salud personal y el tratamiento ético de los animales fueron las principales motivaciones, seguidas por la preocupación por el medio ambiente. Se puede observar un claro vínculo entre estos movimientos y la filosofía animalista.

Hechos y mitos del veganismo

Como toda ideología, el veganismo sobrevive gracias a sus seguidores y su objetivo es atraer a más personas. Como es lógico esto ha desembocado en la creación de un argumentario que constantemente se repite para remarcar las bondades de este movimiento. En general, se pueden apreciar una serie de puntos que aparecen reiteradamente en panfletos, conferencias, Internet y redes sociales, y en Periérgeia nos hemos encargado de recopilar algunos para analizarlos y discernir si todo lo que se vierte sobre el veganismo es cierto o si no hay evidencias sobre ello. A continuación os presentamos el análisis de una serie de afirmaciones que hacen los veganos y los críticos del veganismo que se repiten a menudo en redes sociales, blogs, etc., y que el lector puede encontrar fácilmente realizando una simple búsqueda por la red.

  • El vegano continúa matando animales (fuente).

Esta afirmación suele ser utilizada por personas no practicantes del veganismo en sus discusiones con veganos. Sin embargo, es absolutamente cierta. Se estima que cada persona consume cada año entre medio kilo y 1 kilo de artrópodos (principalmente insectos y arácnidos, aunque también se incluyen fragmentos de sus exoesqueletos) que imperceptiblemente se encuentran en los alimentos. Y este hecho es aun más factible en los productos vegetales ecológicos que apenas han sido tratados con pesticidas. Es tan complicado, si no imposible, evitar que existan animales o sus restos en un vegetal que la FDA estadounidense (Food and Drug Administration), la institución encargada de regular la seguridad alimentaria y farmacológica de EE.UU., obliga a no superar una serie de cantidades límite de insectos o restos de los mismos en los alimentos. Por ejemplo, el brócoli no debería contener más de 60 áfidos (grupo al que pertenecen los pulgones) por cada 100 gramos.

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Es imposible eliminar los artrópodos o restos de los mismos de nuestros alimentos. Mexico News Daily
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Los cultivos de soja según los ecologistas han provocado importantes daños al medio ambiente. ¿Son realmente veganos? Diario San Rafael

Además son muchas las formas en las que un individuo mata animales dejando a un lado el consumo de carne. El mero hecho de circular con un vehículo conlleva la muerte de multitud de invertebrados por impacto y el de algún que otro vertebrado por atropello, o el simple hecho de caminar conlleva el aplastamiento de insectos y otros invertebrados. Tampoco podemos ignorar que la alimentación de los veganos depende fundamentalmente de la agricultura, la cual tiene diversos impactos negativos en el medio ambiente (algunos tipos de agricultura más que otros) como la deforestación, la desertización o la emisión de desechos y residuos. Todo esto conlleva inherentemente un impacto negativo en la biodiversidad, pues esta termina desplazada por la pérdida de su hábitat y abocada en muchas ocasiones a su extinción. Un caso paradigmático es el de la industria de la soja, un vegetal cuyos rastros pueden seguirse hasta una gran diversidad de alimentos que suelen encontrarse en las dietas de las personas veganas (tofu, leche de soja, chocolates, barritas nutritivas, pan de soja) y ante la cual diversos colectivos ecologistas han dado la voz de alarma. Hay que tener en cuenta que es una de las principales fuentes de proteínas vegetales a nivel mundial, aunque entre el 80-90% de los cultivos están destinados a la ganadería y el resto al consumo humano. El principal problema que advierten los ecologistas es que los monocultivos de soja están ganando terreno a la selva tropical en zonas como la amazonía brasileña, causando daños significativos en el medio ambiente, ante lo que solicitan más involucración de los gobiernos locales y la toma de medidas para que el cultivo de soja se base en técnicas más respetuosas con la naturaleza. Por tanto, cabría debatir si el consumo de este alimento y sus derivados, fuentes de alimentación principal para muchos veganos, realmente es una alternativa ecológica y vegana.

  • Está científicamente demostrado que no necesitamos consumir productos de origen animal para tener buena salud (fuente). Comer es una necesidad pero comer animales no lo es (fuente).

Esto es relativamente cierto, aunque hay que matizar. Siguiendo una dieta vegetariana o vegana equilibrada se puede prescindir de productos animales y gozar de buena salud. Sin embargo, esta es una condición obvia para cualquier persona, ya sea vegana, vegetariana u omnívora, si se quiere mantener los niveles de nutrientes dentro de los rangos saludables. Así, se pueden seguir estas dietas en cualquier estadio del ciclo vital de una persona según la Asociación Dietética Americana, teniendo especial precaución en las fases más sensibles, pues ya se han dado casos de muerte de infantes por la negligencia y la inconsciencia de sus progenitores (noticia).

Es necesario aclarar una confusión que suele aparecer en el argumentario vegano a este respecto, y es que ser vegano no significa ser más sano. Multitud de compañías se han aprovechado del auge del veganismo para sacar sus productos veganos aunque por otro lado continúen con su actividad poco vegana. Es curioso ver por ejemplo como Campofrío, famosa compañía de embutidos cárnicos, comenzó a ofrecer la marca Vegalia de embutidos veganos, o cómo La Piara oferta productos untables veganos, o cómo recientemente la empresa de helados Magnum acaba de sacar sus Magnum Vegan. Es como si existiese un juego a dos bandas, porque obviamente estas y otras compañías continúan con su actividad anterior en la que continúan muriendo y explotándose animales. Por tanto, sería interesante debatir si realmente es vegano o no financiar a estas empresas a través de sus productos veganos. No obstante, lo que queremos destacar es que muchos de los nuevos productos veganos disponibles en los mercados son procesados y están cargados de aditivos, azúcares, grasas hidrogenadas, aceites refinados, etc. Es decir, poseen esos mismos componentes que muchas personas que deciden hacerse veganas para mejorar la calidad de su alimentación evitaban en su anterior dieta omnívora porque consideraban que eran nocivos. En consecuencia, también los veganos necesitan hacer un análisis perspicaz de los alimentos que ingieren y no dejarse engañar por las etiquetas de los envases.

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Los nuevos Magnum vegan. ¿Son una alternativa vegana real? Livekindly

En cambio, es cierto que siguiendo una dieta vegana correctamente equilibrada se pueden obtener una cantidad importante de beneficios. Por ejemplo, se han relacionado dietas con menores riesgos de padecer enfermedades cardiovasculares, diabetes de tipo 2, altos niveles de colesterol, hipertensión y determinados tipos de cáncer, como el colorrectal y el prostático. También es cierto que algunas investigaciones han encontrado que en determinadas regiones (como en China) la densidad ósea de las personas veganas es menor que la de ovo-lacto-vegetarianos y omnívoros debido a una ingesta insuficiente de calcio y de determinadas proteínas, lo que conlleva un mayor riesgo de fracturas óseas. Esto posiblemente sea debido a una dieta vegana no equilibrada, al igual que en otros casos puede haber falta de hierro o de determinados aminoácidos esenciales. Por tanto insistimos en la importancia de una dieta equilibrada y variada de productos veganos para asegurar una buena salud.

  • Los veganos puede adquirir la cantidad necesaria de nutrientes con su dieta

Para todos aquellos que se preguntan si una persona vegana puede llevar a cabo una alimentación sana y equilibrada e integrar todos los nutrientes necesarios, la respuesta es afirmativa. Por ejemplo, mediante una dieta vegana equilibrada un individuo puede adquirir todas las proteínas necesarias diariamente. A este respecto existen muchos mitos relacionados con la carencia proteica o de aminoácidos en la dieta vegana o con la diferencia entre proteínas animales y vegetales. Se suele argumentar que las proteínas vegetales son “incompletas”, es decir, que carecen de los aminoácidos esenciales, que son aquellos que nuestro organismo es incapaz de sintetizar. Pero lo cierto es que realizando la combinación adecuada y variada de vegetales se puede suplir la necesidad proteica y adquirir los mismos aminoácidos y proteínas que si se estuviese comiendo carne. También existen los mitos de que los veganos no adquieren las cantidades necesarias de ácidos grasos omega 3 y de la tan manida vitamina B12. En el primer caso, es cierto que al no incluir pescado o huevos en la dieta es complicado obtener las cantidades adecuadas de omega 3, pero actualmente existen suplementos y alimentos “reforzados” con estos ácidos grasos, además de las algas, que también son ricas en este nutriente. Con la vitamina B12 sucede algo similar. Esta vitamina se encuentra fundamentalmente en la carne, la leche y los huevos. Por tanto podría pensarse que los veganos carecen de este nutriente. Nada más lejos de la realidad, pues existen suplementos y alimentos reforzados que ya incluyen esta vitamina (derivados de soja o bebidas de arroz). Y lo mismo podría decirse del calcio, el hierro y tantos otros nutrientes. Por tanto, podríamos concluir que llevando a cabo una dieta equilibrada, teniendo en cuenta las deficiencias nutricionales que pueden producirse y conociendo los suplementos y alimentos reforzados adecuados para solucionarlas no debería ocurrir ningún problema de salud importante. Aunque siempre hay que tener en cuenta que cada organismo es un mundo, por lo que nunca viene mal la asesoría de un experto nutricionista.

  • La leche y los lácteos son totalmente innecesarios e insalubres. Los lácteos producen obesidad, diabetes, osteoporosis, artritis, cánceres, etc. Llevan antibióticos, hormonas de crecimiento y pus (Barwick, 2014). Los huevos y la carne son también innecesarios y nocivos para la salud (fuente).

Muchos biólogos y nutricionistas están de acuerdo en que ha surgido una especie de moda que ha desacreditado hasta el absurdo a la leche y derivados, atribuyéndolos efectos nocivos para la salud que todavía no han sido comprobados o están puestos en duda. Es común en la comunidad vegana defender el no consumo de leche y derivados alegando que es una práctica antinatural y exclusiva del ser humano consumir estos productos después del periodo de lactancia. Estrictamente es cierto, pero es tan exclusiva como que somos la única especie que come lentejas con chorizo, ensaladas o patatas fritas.

Actualmente existe una gran diversidad de “leches” vegetales que se emplean como alternativa y que se han etiquetado como más saludables (desde 2017 el Tribunal de Justicia de la Unión Europea obliga a no llamar a estas bebidas “leche” para diferenciarlas de la auténtica). Sin embargo, nos vemos obligados a matizar, porque algunos de estos productos portan una cantidad no desdeñable de azúcares. Lo cierto es que el ser humano está genéticamente adaptado para el consumo de leche y de su demonizado ingrediente, la lactosa, el azúcar que predomina en la leche. Sin embargo, también lo es que hay personas que digieren mejor la lactosa que otras. Estas últimas son los intolerantes a la lactosa, que no es una alergia ni mucho menos, sino una incapacidad para digerir completamente este azúcar que conlleva problemas digestivos temporales y cuyas causas pueden ser genéticas o daños intestinales reversibles. La intolerancia a la lactosa es uno de los principales argumentos que emplean las personas que se oponen al consumo de leche, aunque los veganos sostienen también como principal argumento la injusticia derivada de robar la leche destinada a un ternero para consumirla nosotros.

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Las bebidas vegetales han sufrido un auge en los últimos años. Sin embargo, no son tan “milagrosas” como las han vendido. Foodretail

Realmente, la leche no es tan nociva como se ha viralizado. Además de por la lactosa, también se la ha desacreditado por las grasas saturadas que contiene. Sin embargo, la leche no destaca precisamente por una cantidad desmesurada de grasas saturadas: en general, la leche entera tiene 2,2 g de grasas saturadas por cada 100 mL, mientras que la semidesnatada suele contener 1,1 g por cada 100 mL, cantidades muy pequeñas. Y este factor es el que se ha utilizado precisamente para vender las bebidas vegetales como más beneficiosas, pues la principal modificación que se ha introducido en estas bebidas es la reducción de la cantidad de grasas saturadas. No obstante, si comparamos el resto de nutrientes los presuntos beneficios de las bebidas vegetales comienzan a disminuir. Por ejemplo, si exceptuamos la bebida de soja, las “leches” de avena, almendras, de arroz o de coco entre otras tienen bastante menos proteínas que la leche entera o semidesnatada, en cambio todas ellas tienen azúcares añadidos y algunas de ellas como la de arroz poseen más hidratos de carbono. Es importante destacar también que el calcio presente en las bebidas vegetales no es natural de los vegetales, sino que en su mayoría es añadido, y que su absorción intestinal es poco eficaz, ya que algunas de estas bebidas no tienen vitamina D, que ayuda a la absorción del calcio. De hecho, para solucionar este fallo y para igualar el valor nutricional de la leche los productores se han visto obligados a añadir algunas vitaminas. Por tanto, existe una moda de intentar sustituir la leche de vaca por una bebida que intenta parecerse a la leche pero a la que se ha tenido que añadir componentes que la leche ya porta… (excluimos de esta moda a los veganos porque sus motivaciones para evitar la leche son principalmente la explotación de las vacas, cabras, ovejas, etc.). Por tanto, cabe pensar que el auge de las bebidas vegetales no ha sido por beneficios para la salud que supuestamente aportan sino porque las estrategias de marketing han tenido un efecto mejor que el deseado.

Tampoco está demostrado que muchas de las patologías que se han asociado al consumo de leche y lácteos sean realmente consecuencia de este consumo. Es decir, muchos de estos estudios han encontrado una relación entre ambos factores (consumir lácteos o leche y adquirir determinada enfermedad), pero no una relación de causalidad (de causa-efecto). Es el caso de la leche y el cáncer, el típico mal que se emplea siempre para desacreditar algo. Como afirma la ONG británica Cancer Research UK, no está para nada clara la relación entre la leche y los lácteos y ciertos tipos de cáncer; se necesitan más estudios para obtener resultados concisos. Porque, de nuevo, lo que se ha encontrado hasta ahora son correlaciones, y no todos los estudios las han hallado, porque en ocasiones se obtienen los resultados opuestos o resultados neutros. Por ejemplo, se menciona a menudo que las dietas ricas en calcio causan cáncer de próstata. Sin embargo, si acudimos a la Fundación Mundial para la Investigación del Cáncer o al Instituto Americano para la Investigación del Cáncer, como mucho se podría hablar de “asociación probable” entre ambos factores. Aun así, parece predominar una mala praxis a la hora de informar sobre estas cuestiones, porque al igual que se mencionan estas correlaciones negativas entre lácteos y cáncer también debería ponerse sobre la mesa las correlaciones que se han encontrado entre lácteos y un menor riesgo de cáncer colorrectal o de cáncer de vejiga (aunque, insistimos, se necesitan más estudios).

En la afirmación anterior podemos observar que también se vincula el consumo de lácteos y leche con la obesidad. Sin embargo, un interesante estudio de revisión firmado por Lisa A. Spence, de la Asociación Dietética Americana concluye todo lo contrario: que el consumo de lácteos y leche está relacionado con múltiples beneficios para la salud. De hecho, los estudios que revisan obtienen asociaciones inversas (e.g. un menor consumo de lácteos está relacionado con mayor obesidad o peso corporal) o neutras. Lo mismo sucede con los lácteos y la osteoporosis, que falazmente se suelen relacionar entre sí. De nuevo, si acudimos a la ciencia veremos todo lo contrario. En una revisión realizada en el año 2000 de 139 estudios se concluye que el consumo de lácteos (y del calcio que portan) está relacionado con un reforzamiento de los huesos incluso en edades avanzadas. Respecto a la diabetes, su relación con los lácteos aun es controvertida, aunque una revisión y meta-análisis dirigidas por el cardiólogo Dengfeng Gao y realizadas sobre varios estudios sugieren que el consumo de lácteos con poca grasa podría ayudar a prevenir la diabetes Tipo II.

No obstante, algunos aditivos de la leche como los residuos de antibióticos sí pueden resultar un riesgo para la salud. Actualmente se obliga al ganado a consumir antibióticos con tres objetivos principales, a saber: profilaxis (i.e. prevenir enfermedades), tratamiento terapéutico (principalmente contra la mastitis y la neumonía) y fomento del crecimiento. De hecho, varios expertos, como el equipo del profesor Salim Máttar, de la Facultad de Medicina, Veterinaria y Zootecnia de la Universidad de Córdoba (Colombia), han dado la voz de alarma ante el significativo contenido de antibióticos en la leche a causa de su uso indiscriminado y de la ausencia de controles sanitarios en aquel país. Como sucede en otros ámbitos, estos controles son más eficaces en unas regiones que en otras (en la Unión Europea está regulado, como se puede ver aquí) aunque la presencia elevada de antibióticos en la leche (ya sea de vaca, cabra u oveja) es un problema mundial. Estos restos de antibióticos pueden causar alergias, alteración de la flora intestinal o la tan peligrosa resistencia microbiana. También es cierto que la leche y los lácteos tienen una llamativa cantidad y diversidad de hormonas que o bien son incluidas en la alimentación del ganado vacuno, caprino y ovino y que, en ocasiones, acaban en estos alimentos por difusión, o bien son sintetizadas por los propios animales. Podríamos destacar la prolactina, varios andrógenos, estrógenos, corticoides o el factor de crecimiento-1 similar a la insulina (IGF-1 por sus siglas en inglés). Pues bien, se han hallado correlaciones entre algunas de estas hormonas, como los estrógenos y el IGF-1, y un mayor riesgo de cáncer de mama, colon, páncreas y próstata. Sin embargo, aun no es concluyente la cantidad de estas hormonas que nuestro intestino es capaz de absorber ni si esas concentraciones producen realmente un efecto significativo en el organismo. Sí se sabe en cambio que algunas hormonas, como los esteroides, si puede causar efectos importantes en el organismo aunque se encuentren en bajas concentraciones.

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El uso incontrolado de antibióticos en la industria ganadera ha conllevado que estos lleguen a nuestros organismos, causando trastornos y reacciones negativas. Vacuno de élite

En cuanto a los huevos, si han sido tan demonizados es por el contenido de colesterol que contiene la yema, que casi sobrepasa el límite diario que nos recomiendan consumir. Sin embargo, y esto puede que sorprenda a muchos, a día de hoy no existe consenso entre los expertos sobre el colesterol y el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares, ya que mientras que en algunos estudios se encuentran relaciones en otros no, como sucede en el caso anterior de la leche y ciertos tipos de cáncer. Aunque le dedicaremos un artículo exclusivamente al colesterol, aquí destacaremos únicamente que las enfermedades cardiovasculares tienen diversas causas (genéticas, presencia de otras enfermedades como la diabetes, obesidad…) y que el colesterol podría estar involucrado en la aparición de enfermedades cardiovasculares cuando algunos de estos factores estuviesen ya presentes. En este caso volvemos a encontrar una mala praxis, ya que al igual que existe mucho ímpetu a la hora de difamar los huevos también existe poco interés en divulgar que el huevo es un alimento excelente y beneficioso para el funcionamiento del organismo por contener colina, vitaminas A, D, B12, B2, carotenoides, etc.

La carne es ya harina de otro costal. Hace unos años, la Organización Mundial de la Salud (OMS) decidió incluir la carne procesada (aquella que ha sido modificada para mejorar sus propiedades organolépticas) en la lista de sustancias que los expertos saben con seguridad que causan cáncer (Grupo 1), y la carne roja fue incluida en el Grupo 2A, es decir, en la lista de sustancias de las que se tiene evidencia limitada sobre su potencial cancerígeno (sustancias muy sospechosas de ser cancerígenas). Sin embargo, hay que matizar, porque a partir de este punto es fácil crear titulares amarillistas. A muchas personas les sorprendió que la carne procesada se incluyera en la misma lista que al amianto, la radiación o el tabaco. Pero que comparta espacio con estas sustancias no significa que la carne tenga el mismo potencial cancerígeno y que sea igual de peligrosa. De hecho no lo es. Para que el tabaco o la radiactividad causen cáncer se necesitan concentraciones bajas de estas sustancias, pero para padecer cáncer por consumo de carne procesada se necesita un consumo significativo, hábito contra el que los expertos llevan alertando desde mucho antes que la OMS. En consecuencia, un consumo moderado de estos alimentos no tiene por qué causar cáncer (estos alimentos se les acusa de causar cáncer colorrectal fundamentalmente, y no hay evidencias definitivas de que causen otros tipos de cáncer). Eso sí, hay que tener cuidado por tanto con estos alimentos, ya que según la OMS, cerca de 34000 muertes al año por cáncer pueden ser atribuidas al consumo desmesurado de carnes procesadas.

  • Todos los animales sufren (Barwick, 2014).
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Árbol filogenético de los metazoos o animales basado en caracteres morfológicos y moleculares. Claramente existe mucha mayor diversidad de animales que la que se nos viene a la mente. Archivo personal

Antes de cualquier discusión, es preciso aclarar un dato importante. Cuando se afirma que los animales sufren se tiende a pensar en unos pocos grupos de animales, concretamente en los vertebrados (peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos) y de vez en cuando en algún que otro invertebrado, principalmente en crustáceos. No obstante, la biodiversidad de animales es mucho más amplia, hasta tal punto que a día de hoy se han dividido a los animales en casi 40 grandes grupos o filos.

Aclarado esto: ¿Realmente sufren todos los animales, esto es, desde las esponjas de mar pasando por las lombrices de tierra hasta un perro o una vaca? La respuesta contradice a la que suele ser promovida por veganos y animalistas: actualmente no se conoce que todos los animales sufran. Además, esta cuestión no es tan sencilla como pudiera parecer, ya que no es lo mismo el dolor y el sufrimiento. Centrémonos primero en qué es el dolor. Según la Asociación internacional para el estudio del dolor:

“El dolor es una experiencia sensorial y emocional desagradable que se asocia con daño tisular real o potencial o se describe en tales términos”

Por tanto, el dolor es una sensación que no sólo se manifiesta físicamente sino también de forma emocional, por ello y en determinadas circunstancias podemos llegar a sentir ansiedad o miedo. No obstante, para poder experimentar el dolor, primero es necesario percibir el estímulo que desencadene ese dolor. Ese estímulo perjudicial (aquel que produce un daño en un tejido) que acaba traduciéndose en dolor es percibido por unas neuronas modificadas conocidas como nociceptores. Estas neuronas son capaces de detectar estímulos térmicos, químicos y mecánicos (un golpe por ejemplo). Los nociceptores están a su vez conectados con otras neuronas y estas a su vez conectan con la espina dorsal. Una vez que el estímulo llega a este órgano, asciende por él hasta el tálamo y por último llega al córtex cerebral, que es donde el estímulo se procesa. Asimismo, en la espina dorsal existen unas neuronas, llamadas motoras, que rápidamente transforman el estímulo en un movimiento reflejo que conlleva la retirada veloz del órgano o estructura corporal del estímulo doloroso para que el daño no vaya a más. Estos mecanismos están presentes en la mayoría de grupos de animales, lo que sugiere una aparición temprana en la evolución. Sin embargo, es justamente en el córtex donde ese estímulo se convierte o traduce en dolor tal y como lo experimentamos, y esta capacidad ya está más restringida a unos pocos grupos de animales por lo que sabemos hasta ahora.

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Esquema de las vías que siguen los estímulos nociceptivos hasta el encéfalo, donde se traducen en dolor. Farmacología veterinaria

En consecuencia tenemos que distinguir entre nocicepción, que es solamente la recepción de un estímulo perjudicial, su transporte hacia el córtex y su transformación en un acto reflejo simple, y dolor. Por tanto, se ha sugerido que para que otros animales perciban el dolor como lo percibimos los seres humanos, es necesario un córtex y otras estructuras cerebrales lo suficientemente desarrolladas y funcionales y similares a las nuestras. Esto desde un punto de vista fisiológico, pero además consideramos que un animal siente dolor si este se manifiesta de forma parecida al nuestro, es decir, si el estímulo doloroso viene acompañado de quejidos, gemidos, retorcimientos, etc. (ciertamente es una visión un tanto antropocentrista). Aun así, existen debates interesantes sobre si son suficientes estos elementos para determinar si otras especies sienten dolor o sobre cuál tiene más importancia, etc.

Por otro lado, es necesario aclarar someramente qué es el sufrimiento y sus implicaciones, ya que es a lo que se refieren muchas personas cuando mencionan lo que pueden sentir los animales. Se podría describir como una sensación emocional negativa que se produce en respuesta a un dolor o a una situación estresante que supera un nivel mínimo. Esto implica que el dolor tiene que superar un umbral, es decir, un estímulo doloroso de poca importancia como el pinchazo de una aguja no provoca sufrimiento. Sin embargo, si un estímulo doloroso “pequeño” se prolonga en el tiempo, puede llegar a causar sufrimiento, aunque más que el estímulo el culpable sería el estrés asociado, que estaría superando el umbral mínimo. Sería el mismo caso aquel en el que una persona se encontrase en una situación de terror o ansiedad, en la que no hay dolor físico pero sí un fuerte estrés emocional. Un debate más complejo es aquel que intenta solucionar si es necesaria la consciencia para sentir sufrimiento. Aunque este es tema para otro artículo, cabe destacar lo que sucede con personas que han sufrido una lobotomía de la sección prefrontal del cerebro. Esta región se encarga, entre otras funciones, de la expresión de las emociones. Se ha podido observar que las personas a las que se ha extraído partes de esta región son capaces de sentir dolor pero de alguna manera no sienten preocupación por ello. Es decir, pueden observar como un objeto punzante se clava en su carne sin sentir estrés. ¿Se podría decir que estos individuos realmente sufren o solamente poseen un sistema sensorial básico? Por tanto, la corteza prefrontal y sus elementos cerebrales juegan un papel importante en la sensación del sufrimiento, y dependiendo de su desarrollo en las diferentes especies de animales se podría establecer quiénes sufren y quiénes no, aunque es otro tema muy debatido.

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¿Sufren los animales como nosotros? En algunos vertebrados está más o menos claro, pero los científicos todavía tienen mucho que decir. Marcianos

Estos conceptos son importantes, ya que en muchas ocasiones determinan la moral de muchas personas a la hora de dar más o menos importancia a un ser vivo basándose en su capacidad de sufrir. De hecho, hasta hace no muchos años los expertos consideraban que la sensación de ansiedad (que, como ya hemos mencionado, está fuertemente relacionada con el sufrimiento) era exclusiva del Homo sapiens. Sin embargo, las respuestas fisiológicas ante la ansiedad también se han observado en una gran caterva de mamíferos y aves (sudor, temblores, aumento de la frecuencia cardiaca, vocalizaciones…) (es necesario aclarar que cuando se hace referencia a estos grupos de animales, tanto los expertos como nosotros estamos realizando una generalización, pues estas observaciones no se han realizado en todas las especies). Otra prueba común para probar la sensación de sufrimiento en animales es emplear fármacos que estimulen o inhiban esa sensación y, de hecho, los efectos de esos fármacos en mamíferos son similares a los que ocurren en humanos.

Los expertos coinciden en mayor o menor medida que mamíferos, aves, reptiles, anfibios y peces pueden sentir dolor. En general, los vertebrados evitan y aprenden a evitar esos estímulos dolorosos, aunque los experimentos en peces y anfibios son escasos y se han empleado pocas especies, por lo que es pronto para obtener cualquier conclusión. También es cierto que se ha observado en algunos casos, fundamentalmente en mamíferos, que los animales heridos intentan proteger la zona u órgano dañado del estímulo doloroso. Esto podría ser otro rasgo que permita discernir si sufren o no. En este caso, en muy pocos invertebrados se ha podido observar esto, como en cangrejos ermitaños y en algunas arañas (en este caso se relaciona con la autotomía, es decir, la capacidad de desprenderse de una parte del cuerpo porque esté dañada). Aun así, también existen casos opuestos. Por ejemplo, muchos insectos que han sufrido la rotura de una de sus patas continúan apoyándola o los que han sufrido la disección de alguna parte del cuerpo también continúan comportándose normalmente. Incluso se ha observado como los áfidos o pulgones continúan alimentándose normalmente aunque una mariquita o coccinélido los esté devorando.

Otra cuestión por la que se atribuye la experimentación de dolor a alguna especie es, como ya hemos mencionado, por su capacidad de aprendizaje y memorización a largo plazo de los estímulos dañinos para en el futuro poder evitarlos. Este rasgo se ha podido observar en moscas de la fruta (Drosophila melanogaster), quienes aprenden a evitar un estímulo dañino durante 24 horas tras varias exposiciones al mismo, y en algunos cangrejos. También se ha asociado el dolor con una habilidad cognoscitiva elevada y con la necesidad de que exista una conciencia de lo que está pasando, aunque estos son asuntos para otra entrada…

Siendo estrictamente racionalistas, tanto la nocicepción como el dolor y el sufrimiento son adaptaciones que facilitan el mantenimiento íntegro del organismo y sus órganos, es decir, son mecanismos de supervivencia. La diferencia es que el dolor y el sufrimiento son mecanismos más sofisticados, ya que permiten mantener un registro a largo plazo de los estímulos nocivos para así poder evitarlos a lo largo del tiempo y en los que la inteligencia emocional estaría también involucrada, mientras que la nocicepción es más limitada y más puntual, basada en reflejos momentáneos. No deja de ser interesante cómo estos aspectos en concreto han determinado fuertemente nuestra ética hacia los animales y, en cambio, cómo no ha sucedido lo mismo con otros rasgos. Con todo lo dicho, podemos concluir que aun no tenemos demasiado claro cómo determinar si un animal no humano siente dolor y sufrimiento. Existen una gran diversidad de criterios muy debatidos y cada autor se inclina más por unos que por otros. Parece que la capacidad de sufrir está más o menos clara en vertebrados (fundamentalmente en aves y mamíferos) y respecto a algunos invertebrados los expertos ya empiezan a manifestarse (sobre todo crustáceos y moluscos cefalópodos), pero sobre la inmensa mayoría de animales se desconoce esta característica. Por tanto, la afirmación de que los animales sufren hay que matizarla y entrar en muchos detalles.

Para terminar con esta cuestión, es interesante poner sobre la mesa la opinión que manejan muchos críticos del veganismo. Esta preocupación que muchos veganos profesan exclusivamente hacia los animales por su capacidad de sufrir ha servido para que los críticos acusen a las personas que siguen este movimiento de “especistas”. El especismo es un tipo de discriminación dirigida hacia el resto de especies de seres vivos al considerarlas inferiores en ciertos aspectos. En este caso y según los críticos, los veganos serían especistas por dejar de lado a todas aquellas especies que no sienten dolor, como las plantas o los hongos. Que el lector saque sus propias conclusiones…

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El especismo es un tipo de discriminación que consiste en considerar como inferiores a otras especies. Los críticos del veganismo afirman que los veganos son especistas al restarle importancia a todos los seres vivos que no sufren. ¿Quedaría esta balanza equilibrada si en uno de los platos pusiéramos una planta? El guardián de los cristales
  • Si el mundo se hiciera vegano, se acabaría con el hambre en el mundo, pues el 80-90% de los cultivos empleados para mantener las reses se utilizarían para saciar el hambre humano (Barwick, 2014).

Pensar en un mundo completamente vegano no deja de ser una utopía (de “ou” y “topos”, lugar que no existe). Hay que tener en cuenta que para ello sería necesario erradicar la ganadería, un campo que da trabajo a 1300 millones de personas (un 18% de la población mundial aproximadamente) y que, aunque en el discurso vegano no se suela mencionar, se estima que crea recursos de subsistencia para mil millones de personas de los países en desarrollo. Además, la ganadería se considera un sector que tenderá inevitablemente a crecer significativamente debido al incremento de la población.

Quizás la solución para reducir los males que provocamos a nuestro hogar no sea perseguir un imposible, sino buscar soluciones plausibles que puedan llevarse a cabo en un corto periodo de tiempo (ya que parece que no disponemos de mucho para llegar al punto de no retorno), como reducir significativamente el consumo de carne a nivel global. Además, es incorrecto suponer que todas las regiones del mundo gozan de la misma situación socioeconómica relativamente benéfica que gozamos en los países primermundistas. Si nosotros podemos optar por distintas vías dietéticas es porque tenemos nuestras necesidades primarias básicas satisfechas y contamos con los medios óptimos. Pero si imaginamos cualquier país en vías de desarrollo, con escasez incluso de agua o sometido por algún conflicto bélico, es obvio que las cuestiones medioambientales y éticas relacionadas con el veganismo quedan en un segundo plano, pues lo primero es la supervivencia básica. Por tanto, podemos resaltar una serie de puntos según los cuales el mundo difícilmente podrá ser vegano en su totalidad alguna vez: No todo el mundo posee la misma voluntad ni la misma sensibilidad para con el planeta y los animales; no todo el mundo se encuentra en las mismas circunstancias socioeconómicas que las regiones donde el veganismo tiene más auge (que son precisamente los países desarrollados); muchas personas son incapaces de abandonar la carne u otros productos derivados de los animales por el placer que su consumo les produce; no todo el mundo comparte la misma filosofía y forma de pensar y no a todo el mundo le parece correcto el modo de vida vegano; muchas personas que se han convertido al veganismo, al cabo de un tiempo y por diferentes motivos, acaban abandonándolo por su dieta omnívora anterior; la ganadería es una de los sectores económicos más importantes del mundo, hasta tal punto que para muchas personas es su único medio de subsistencia, donde se mueven grandes cantidades de dinero y donde billones de personas poseen un puesto laboral que necesitan para sobrevivir con sus familias, por lo que es improbable que tanto los trabajadores como los empresarios abandonen sus medios de subsistencia para defender el veganismo.

Por otro lado, que existan millones de personas sin algo que llevarse a la boca no es culpa exclusivamente de la industria ganadera. El reparto no equitativo de recursos posiblemente tenga más influencia. En el improbable caso de que la ganadería dejase de existir, aún así seguiría siendo necesario modificar el sistema de distribución de los recursos mundiales. En cuanto al exterminio de los animales posiblemente se vería reducido, aunque continuarían existiendo actividades humanas que lo seguirían causando. Por ejemplo, si llegásemos a vivir en un mundo dominado exclusivamente por la agricultura y los cultivos, habría que seguir destruyendo hábitat y aniquilando especies para poder alimentar a un número cada vez mayor de seres humanos. Todo esto son especulaciones sobre un escenario a día de hoy impalpable, aunque incita a debatir intensamente sobre este asunto.

  • ¿Cuántos animales son salvados por una persona vegana?

Existen muchas cifras con mayor o menor fundamento que han intentado calcular la cantidad de animales que un vegano/vegetariano salva anualmente por no consumir su carne. La asociación por los derechos de los animales PETA ha estimado que las personas que siguen estas dietas salvarían más de 100 animales al año (no especifica si solo en Estados Unidos o en todo el mundo). En principio, estos cálculos están basados en una igualdad matemática poco certera según la cual la persona que evita comer animales salvaría a un número similar de animales que son asesinados para una persona que come carne. No es correcto este cálculo porque, en primer lugar, cada persona omnívora consume diferentes cantidades de productos animales y en segundo lugar porque no se tiene en cuenta los animales que han muerto por otras causas en la industria ganadera. Recordemos también que el consumo de determinados productos veganos como la soja deriva beneficios a la industria ganadera y a la consecuente esclavitud y asesinato de animales. Otro cálculo del que se han hecho eco multitud de webs animalistas y promotoras del veganismo es el realizado por los administradores de la web Counting Animals y es el siguiente:

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Para calcular el número de animales salvados en este caso por un vegetariano anualmente han dividido el número total de animales asesinados en Estados Unidos para su consumo en un determinado año por el tamaño poblacional de ese país en ese mismo año. Asimismo han añadido una expresión para corregir la ecuación y añadir los factores que pueden modificar el resultado (1.0 – v) en la que v englobaría el número de personas vegetarianas/veganas de Estados Unidos y el número de animales que mueren por otras causas (heridas, infecciones, enfermedades). De esta forma y siempre según estos cálculos, una persona vegetariana salvaría entre 371 y 582 animales cada año, incluyendo tanto animales terrestres como acuáticos. Sin embargo, este resultado no es exacto, de hecho los autores de estos cálculos afirman en varias ocasiones que algunos de los datos que emplean son estimaciones. Aun así, los colectivos que promueven estos movimientos suelen hacerse eco en sus webs y redes sociales de las cifras más elevadas (e.g. en la web de Igualdad Animal aportan la cifra de 575), que siempre impresionan más que las cifras más moderadas.

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Número de animales que salvaría una persona vegana o vegetariana por no consumir carne, siempre según PETA. Multitud de otras cifras se han dado por diferentes lugares de la red. PETA

El lector podrá hacer una comprobación rápida en las redes de que realmente no existe un consenso sobre la cantidad de animales que una persona vegana o vegetariana salva anualmente. Incluso existen calculadoras online para calcular estos valores. Al final, cada fuente aporta una cifra distinta, por lo que lo más prudente es coger todos estos datos con pinzas. No obstante, aunque no sepamos exactamente cuántos animales se libran de acabar en el plato de un vegetariano/vegano, es lógico pensar que reducir a cero el consumo de animales conlleva un impacto positivo en la cantidad de animales que mueren para nuestro consumo.

  • Comer carne es una adaptación “social”. No estamos adaptados biológicamente para comer carne, nos diferenciamos de omnívoros y carnívoros de muchas formas, como en la dentadura, el largo y la flora intestinales, la producción de urato oxidasa y otras enzimas clave, el pH y la tolerancia microbiana (Barwick, 2014).

Esto afirma la activista vegana Emily Moran Barwick, aunque suele encontrarse en el argumentario de muchos veganos, dando a entender que el ser humano es por naturaleza herbívoro-vegano. Pero ¿es cierto? Parece que también es común sustentar esta afirmación en la comparación del Homo sapiens con nuestros parientes más cercanos, los chimpancés, alegando que la dieta de un chimpancé (o de otros primates no humanos según el ejemplo que se quiera poner) es herbívora. Pero esto no es verdad. De hecho los primatólogos han observado en numerosas ocasiones desde el siglo pasado como los chimpancés llevan a cabo partidas de caza muy bien organizadas para atrapar colobos rojos o crías de antílope y posteriormente comérselos, o como las madres enseñan a sus crías a usar palitos en termiteros para capturar termitas, una importante fuente nutricional para estos animales. Cierto es que la dieta de los grandes antropomorfos (es decir, orangutanes, gorilas, bonobos y chimpancés) es principalmente vegetariana, predominando los tallos, brotes, hojas, etc., pero en muchos de ellos la proteína animal juega un papel importante.

Otro argumento que suele esgrimirse para defender nuestro presunto vegetarianismo natural es el tamaño y forma de nuestros caninos o colmillos. Efectivamente, comparados con los de cualquier carnívoro u omnívoro como el oso, nuestros caninos son una fruslería. Por el contrario, los colmillos de los antropomorfos, cuya dieta es principalmente vegetariana, son también de gran tamaño comparados con los nuestros. Pero ¿y si se nos estuviese escapando algo? ¿Y si, en el caso de los humanos y los antropomorfos, los colmillos fuesen una adaptación para otra cosa y no para la alimentación? En general y centrándonos en gorilas, orangutanes y chimpancés, los machos suelen tener unos colmillos más desarrollados que las hembras. Y esto tiene sentido si tenemos en cuenta el papel social que juegan los machos de estas especies: son ellos los que defienden al grupo de otros machos y potenciales peligros y, ciertamente, tener unos colmillos desarrollados y amenazantes ayuda a vencer en esas peleas. Por tanto, en estas especies los caninos tienen más bien un papel defensivo que alimenticio. Y tendría sentido suponer que en nuestra especie el tamaño de los caninos se ha reducido porque ya no hay una competencia tan acusada entre los machos (al contrario, somos una especie muy colaborativa) y hemos desarrollado tecnologías para defendernos. De hecho esta reducción en los caninos ya aparece en el Ardipithecus ramidus, un homínido anterior incluso a los australopitecos, por tanto, es un carácter muy antiguo. No obstante, para determinar nuestro tipo de dieta lo mejor es fijarse en los molares y los premolares. Nuestros antepasados del género Australopithecus sp. poseían molares y premolares con una superficie importante, de gran tamaño y con un grueso esmalte dental (todo esto se conoce como megadoncia postcanina). También poseen unas mandíbulas muy robustas. Estas son características indicativas de una dieta adaptada a un ambiente más o menos árido en el que predominan productos vegetales duros. Sin embargo, ya en el Homo habilis, el primer representante del género Homo sp., sucede una reducción en la robustez de la mandíbula y en el tamaño de los molares y premolares. Es decir, la especialización dietética que nuestros antepasados tenían termina diluyéndose. Nuestra dentición realmente no está especializada en ningún tipo de dieta, ni carnívora ni herbívora, en cambio tiene los elementos necesarios que nos permiten realizar la pre-digestión tanto de alimentos de origen vegetal como animal.

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Comparación de los cráneos, las mandíbulas y la dentición de tres homínidos: Australopithecus africanus, Paranthropus boisei y Homo habilis. Se puede observar que la mandíbula de H. habilis es más ligera y delgada, menos basta que la de sus antepasados, sin megadoncia postcanina. Research Gate

Otra evidencia que prueba que estamos adaptados a comer carne es el tamaño del cerebro y la longitud de nuestro sistema digestivo. Se dice que el incremento en el tamaño de nuestro cerebro (factor indispensable que nos hizo humanos) está relacionado con nuestro cambio de dieta hacia una alimentación que incluía carne, algo que sucedió hace aproximadamente 2,5 millones de años con el Homo habilis. Realmente, fue el antropólogo y anatomista sir Arthur Keith quien en 1891 dio a conocer una cuestión que tiene mucho que ver con lo dicho anteriormente. El científico alertó de que en los primates, cuanto mayor es la longitud o tamaño del sistema digestivo menor es el tamaño del cerebro, es decir, existe una correlación inversamente proporcional. Aunque él no logró dar una explicación en su momento, fueron Leslie Aillo y Peter Wheeler quienes en 1995 intentaron dar una. Teniendo en cuenta que el cerebro es un órgano que, aunque sea más pequeño que otros, consume mucha más energía (se estima que consume la impresionante cantidad del 16% de la tasa metabólica corporal), tiene sentido que si su tamaño crece (y en consecuencia la energía corporal que consume también lo hace) es necesario ahorrar energía de otros órganos para que el sistema no colapse. ¿Y de dónde se puede ahorrar energía sin provocar daños al organismo? Obviamente no se pueden modificar los órganos más vitales como el corazón o el hígado, pero sí otros como es el caso del sistema digestivo, aunque siempre y cuando se le proporcionen los nutrientes necesarios al nuevo diseño. Esto es lo que habría sucedido en nuestra evolución según Aillo y Wheeler, y lo que habría provocado también una disminución en el tamaño del aparato masticador. Hay que tener en cuenta además que la longitud del sistema digestivo está estrechamente relacionada con el tipo de alimentación. El sistema de los herbívoros se caracteriza por ser muy largo, ya que cuanta más longitud más microorganismos pueden alojar para poder digerir y asimilar los componentes de los vegetales difíciles de metabolizar, como la celulosa. Si los herbívoros no tuvieran este sistema de alto rendimiento de extracción de nutrientes, no podrían adquirir los nutrientes necesarios de los vegetales para mantener el buen funcionamiento de sus organismos. Por el contrario, el sistema digestivo de los carnívoros es corto, porque la carne se asimila más fácilmente. ¿Y qué sucede con el nuestro? Nuestro sistema digestivo tiene una longitud intermedia, con componentes que ayudan a digerir la carne y los vegetales. De hecho, una prueba de que no somos herbívoros estrictos es que carecemos de los microorganismos necesarios para procesar la celulosa. Para más inri, una investigación publicada en la prestigiosa revista Science en 2008 concluyó que la microbiota intestinal de los humanos actuales (i.e. la población de microorganismos que habitan en nuestros intestinos) es la típica de los primates omnívoros.

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Esquema en el que se asegura que, debido a nuestras características fisiológicas y anatómicas, somos por naturaleza herbívoros, concretamente frugívoros. Sin embargo es falso. La ciencia ha dado suficientes argumentos para establecer que somos por naturaleza omnívoros. Aun así esta imagen se ha vuelto viral en las redes. Creation is Love

Todo esto debería servir como evidencia de que el ser humano, desde hace millones de años, es una especie omnívora por naturaleza (y no por “sociedad”) y que las afirmaciones de Barwick son falacias. De hecho, otro error en el que cae la activista es afirmar que somos vegetarianos por naturaleza porque poseemos una serie de “enzimas clave” que se supone que sólo poseen los herbívoros. En este aspecto se olvida de mencionar que también tenemos proteasas (enzimas encargadas de la digestión de las proteínas) características de los carnívoros.

  • Se da un despilfarro de recursos al usar a los animales como comida, dado que tienen que emplearse multitud de alimentos vegetales, agua, terreno, etc. para alimentarlos, además de un mayor uso de energías. El uso de algunos de estos recursos (como, por ejemplo, el terreno) repercute gravemente en los espacios naturales, los cuales son suprimidos o devastados (fuente)
 

La industria ganadera causa graves problemas medioambientales, algo sobre lo que varias instituciones supranacionales están cada vez más concienciadas. Desde hace varios años estas instituciones y colectivos científicos vienen alertando de los impactos medioambientales que la ganadería provoca. Por ejemplo, se estima que la ganadería en total engloba el 70% (que no el 90%, una cifra que se emplea a menudo) de las tierras cultivadas del mundo (entre el 20-30% de esas tierras se emplean para el pastoreo y el resto para la obtención de forrajes y piensos para los animales). Como es lógico, esta expansión feroz también afecta a los pulmones del planeta, considerándose la ganadería como un factor clave de la deforestación global. De hecho, el 70% de la Amazonía está ocupada actualmente por pastos.

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El Amazonas, considerado uno de los pulmones de la Tierra, está siendo diezmado y sus bosques siendo sustituidos por cultivos, de los cuales un porcentaje alarmante está destinado a la ganadería. Esmateria – El País

La ganadería es culpable también del 24% de las emisiones de gases de efecto invernadero (principalmente metano, CO2 y óxido nitroso) a la atmósfera junto con la agricultura y otros usos del suelo (y sus consecuencias, como la deforestación), superando incluso a las emisiones que tienen como origen el transporte. Por tanto, la ganadería es una de las principales claves del cambio climático. Una solución realista sería por tanto sustituir esta mala praxis por sistemas más respetuosos con el medio ambiente. A este respecto, desde hace unos años se están produciendo una serie de cambios en las especies que mayoritariamente se emplean en la ganadería, ganando terreno la ganadería porcina y avícola en detrimento de la ganadería vacuna, así como en el tipo de ganadería, reduciéndose el pastoreo extensivo, que ocupa extensas áreas conllevando una mayor amplitud en la degradación de los suelos y en la deforestación y una contaminación atmosférica también más distribuida, por una ganadería más intensiva, industrial y localizada, que permite una concentración y una menor expansión de esos daños medioambientales. Sin embargo, todavía queda mucho por hacer.

  • El veganismo es la única forma de salvar el planeta (fuente).

Esta sentencia trae implícita consigo la afirmación de que el consumo de carne y derivados animales y, en consecuencia, la ganadería es la única responsable de los males del planeta. Objetivamente y como ya hemos reseñado antes, la ganadería es una de las claves del cambio climático y la contaminación, pero no la única. Hay muchos jugadores con fuertes influencias en esta partida. Por poner algunos ejemplos, podríamos citar a la industria del plástico, la de los hidrocarburos, la industria maderera, las industrias químicas… Aunque el principal culpable sería el consumo desmesurado de nuestra sociedad. Por tanto, un veganismo más extendido, aunque tuviese su impacto positivo, no sería suficiente si nuestros hábitos de consumo en el resto de ámbitos continuasen exacerbadamente. Sí es cierto que los expertos recomiendan reducir nuestro consumo de carne a nivel global, pero también reducir el uso de objetos de plástico de un solo uso, producir menos basura, desechar menos alimentos, ahorrar en el consumo de electricidad…

Conclusiones

El radicalismo y la imposición de creencias no llevan a nada (y el comportamiento de Leslie Cross fue una prueba de ello) pero sí en cambio la colaboración y el intercambio respetuoso de ideas. Como hemos visto al principio, los creadores del veganismo ya llevan publicadas 13 definiciones que responden a los intereses de quienes gobernaban la organización en cada momento particular, es decir, no existe una visión unitaria vegana. De hecho, hay veganos que solo se preocupan por el bienestar animal, otros le dan más importancia al medioambiente y otros tratan de aunar ambas inquietudes. Esto es claro indicativo de que una concepción no tiene más validez que otra y que muchos de los debates sobre quién es vegano y quién son infructuosos y socavan la credibilidad del movimiento.

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Diversas definiciones de veganismo. La ausencia de consenso en los primeros años del veganismo tuvo como culpable los enfrentamientos intestinos de The Vegan Society. Vegan Society Today

Los veganos continuarán enfrentándose a dilemas éticos y morales constantemente según se vayan divulgando y dando a conocer nuevos datos. Por ejemplo, recientemente el programa Quite Interesting de la BBC puso en duda que comer aguacates o almendras sea una actividad vegana, ya que en determinadas regiones para polinizar estos cultivos los agricultores se aprovechan de las abejas. En esas regiones donde la densidad de estos himenópteros escasea es necesario emplear la apicultura migratoria, que no es más que trasladar multitud de colmenas en camiones hacia los cultivos en concreto y una vez los han polinizado, trasladar esas colmenas a otros cultivos y así continuamente. Los más estrictos podrían hablar de inmoralidad al participar de la explotación de las abejas, pero como ya hemos mencionado existen diversidad de éticas. Aunque siempre habrá las típicas personas presionando y rechazando a todos aquellos que no sigan su ética.

El veganismo no puede ser considerado como la panacea universal que resolverá todos nuestros males. Aun así, es una alternativa viable para reducir el impacto medioambiental individual y el sufrimiento de nuestros compañeros animales. Posiblemente, cuando un número cada vez mayor de personas siga estos movimientos los efectos podrán verse a escala planetaria. Podemos concluir que el veganismo (y el vegetarianismo) es un movimiento de lucha contra lo establecido, contra aquello que se ha impuesto como lo políticamente correcto. En cierto modo es también una forma de sacrificio, pues no siempre es fácil alejar los placeres alimenticios o estéticos y más si es por el noble objetivo de ayudar. Por eso, el veganismo es una forma de vida a tener en cuenta y es esperanzador que decenas de millones de personas hayan abandonado en mayor o menor medida sus privilegios en aras del bienestar de los animales (humanos y/o no humanos) y/o del planeta.

Sin embargo, y como sabiamente indica Ginny Messina, nutricionista y activista vegana, la divulgación de mitos y pseudociencia hace un flaco favor al movimiento, más bien lo socava y le resta seriedad. Documentales como What the Health, en el que predominan las incongruencias científicas y los datos manipulados interesadamente, o las medias verdades que hemos analizado en esta entrada no deberían emplearse para atraer a más personas, ya que cuando descubran que algunas de esas promesas casi milagrosas no se cumplen, pueden llegar a desconfiar del movimiento y renegar de él. Lo cierto es que ya existen demasiados críticos que intentan por todos los medios (también empleando pseudociencia) difamar al veganismo, por lo que no merece la pena inflar su causa y ayudarles desde dentro. El veganismo y sus defensores deberían proclamar sus ideales sin divulgar falacias, llevando la humildad y la ciencia por bandera y reconociendo las limitaciones que tiene el movimiento. Porque si no se reconocen los errores, se estará destinado a repetirlos constantemente… y a divulgarlos.

Agradecimientos

Quiero dar las gracias a la coadministradora de este blog, Carol Martínez, por la ayuda en la búsqueda de bibliografía y por haber diseñado la imagen de portada de esta entrada. Agradezco asimismo a los usuarios de Facebook que se molestaron en divulgar la petición que hice para reunir información sobre las afirmaciones que se vierten en dicha red respecto al veganismo.

PARA SABER MÁS

REFERENCIAS

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