El fósil que no quiso ser neandertal

Actualmente nos parece irrefutable la existencia de nuestros compañeros evolutivos, los neandertales. Sin embargo, cuando empezaron a surgir sus restos la comunidad científica se negaba tajantemente a reconocer que se hallaba ante una nueva especie.

En 1856 los trabajadores de una cantera se toparon con un conjunto de huesos en el interior de la cueva de Feldhofer, sita en el valle de Neander (de donde procede el nombre de la especie), cercano a la ciudad de Düsseldorf (Alemania, antigua Prusia). Sin embargo, esos huesos presentaban rasgos atípicos. Entre ellos destacaba una bóveda craneal con unas extrañas y conspicuas protuberancias encima de las cuencas oculares y una frente muy corta.

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Bóveda craneal hallada en la cueva Feldhofer del valle de Neander. Donsmaps

En el siglo XIX ni siquiera se contemplaba la existencia de “hombres fósiles”, así que se arguyó que aquellos huesos debían de pertenecer a un cosaco mongol que se extravió persiguiendo a los ejércitos napoléonicos. Aquellas cejas tan pronunciadas eran meramente consecuencia de un intenso raquitismo que habría deformado esa parte del cráneo.

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Esqueleto del neandertal hallado en la cueva Feldhofer del valle de Neander. Donsmaps

El resto, como se dice, es historia. Hoy sabemos que el Homo neanderthalensis era una especie con una inteligencia y una sensibilidad muy desarrolladas. Velaban a sus muertos, fabricaban adornos, realizaban rituales funerarios, plasmaban ideas abstractas en las paredes de las cuevas, conocían el uso medicinal de ciertas plantas… De ser considerados unos bárbaros grotescos han pasado a ser más parecidos a nosotros de lo que nos imaginábamos…

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