Irlanda. Experiencias en tierras legendarias (parte 2). Atravesando fronteras

Irlanda. Experiencias en tierras legendarias (parte 2). Atravesando fronteras

Esta vez no íbamos a explorar la República de Irlanda, tocaba cambiar de territorio… y de nación. Nuestro destino era Irlanda del Norte, perteneciente a la corona británica y que, como todo lo que alberga la Isla Esmeralda, también posee esa magia inherente típica de las tierras legendarias.

Al día siguiente nos levantamos temprano. Teníamos programado un viaje prometedor y habíamos quedado con nuestro guía a unas horas un tanto intempestivas. El viaje iba a ocuparnos toda la jornada, así que valía la pena madrugar. Sin más, nos preparamos y nos dispusimos a coger el DART rumbo a Dublín, donde esperaba nuestro autobús.

El día estaba encapotado y temíamos que fuera a imposibilitar la visita a alguno de nuestros destinos. Afortunadamente, las inclemencias meteorológicas decidieron no hacer acto de presencia y solo tuvimos que hacer frente a un viento que puntualmente se tornaba molesto y a una suave lluvia, prolegómeno de los clásicos aguaceros que encharcan la isla en invierno. El viaje iba a ser largo, pero tuvimos la suerte de contar con un guía carismático que amenizaría la travesía con decenas de historias y datos interesantes sobre Irlanda.

El Spire, un monumento poco querido

Antes de abandonar la capital de la república irlandesa, pudimos contemplar de camino algunos de sus monumentos. Entre ellos estaba la considerada como la escultura más alta del mundo: el Spire de Dublín, también conocido como Monumento de la Luz. Está emplazada en la calle O’Connell y no tiene pérdida. Se trata de un gigantesco cono de acero inoxidable de 120 metros de altura. En su extremo, de tan solo 15 cm de diámetro, se colocó una pequeña luz que estaría en funcionamiento las 24 horas del día (aunque ha estado fundida en varias ocasiones). Como una suerte de faro modernista, el Spire sirve de punto de referencia y de orientación desde prácticamente cualquier lugar de Dublín. Quizás por eso se le dio el alegórico título de Monumento de la Luz, también porque se pretendía inaugurar e “iluminar” el nuevo milenio con él aunque, entre unas cosas y otras, su instalación se retrasó hasta finales de 2002 y principios del año siguiente. Por otro lado, el material que lo constituye refleja la luz solar, de tal forma que a lo largo del día el color del monumento muta de un sencillo gris metálico a colores cálidos cuando se acerca el ocaso.

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La inmensa y polémica aguja que emerge desde la calle O’Connell es uno de los puntos de referencia de la capital irlandesa. La lluvia y el cielo encapotado le dan un aire de misterio y fantasía. Archivo personal

No obstante, el Monumento de la Luz no es demasiado apreciado por los irlandeses por varios motivos. En el siguiente post relataremos las inestables relaciones que se han forjado entre irlandeses y británicos, porque precisamente este factor tiene mucho que ver con el rechazo a esta escultura. En el mismo lugar en el que hoy se levanta esta gigantesca aguja había una escultura que homenajeaba al almirante británico Horatio Nelson, famoso fundamentalmente por vencer a la flota hispano-francesa en la batalla de Trafalgar el 21 de octubre de 1805, donde perdió la vida. Consistía en una columna dórica granítica en cuya cima se alzaba la efigie del almirante. En total, la escultura conmemorativa, levantada entre 1808 y 1809, medía casi 41 metros (otro pilar coronado por Nelson, aunque más alto que el irlandés, se encuentra en Trafalgar Square, Londres). Los visitantes podían ascender por el interior de la columna hasta los pies de la estatua del almirante para contemplar unas vistas espectaculares de Dublín. Esto fue así hasta 1966, cuando Liam Sutcliffe, un terrorista miembro del IRA (Irish Republican Army por sus siglas en inglés), hizo estallar la estatua y parte del pilar en mil pedazos.

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Otra instantánea, esta vez más iluminada, del Monumento de la Luz. Dublin Citi Hotel

La presencia de Nelson en esa avenida, que además está salpicada por varias efigies de héroes de la historia de Irlanda, resultaba una afrenta para los nacionalistas irlandeses, quienes consideraban que la enorme escultura, símbolo del imperialismo británico, eclipsaba a las humildes estatuas de sus héroes nacionales. Además, el IRA consideraba a Francia una aliada, y más teniendo en cuenta que la Revolución Francesa fue una influencia fundamental para los republicanos irlandeses, por lo que no les sentaba demasiado bien la presencia de un pilar coronado por un héroe británico que venció a los franceses en Trafalgar. Realmente, ya hubo varios intentos de derribar la escultura. En la década de los 20 se debatió acaloradamente su derribo de forma legal (Irlanda ya se había independizado formalmente de Inglaterra) y en los años 50 un grupo de estudiantes intentó tirarla abajo. Finalmente, el monumento quedó en un estado penoso y se tuvo que retirar completamente. Al descontento popular respecto a la ciclópea aguja también se suma que el estudio que se encargó de su construcción, Ian Ritchie Architects Ltd, fuese británico y que su levantamiento costara millones de euros en un periodo en el que Irlanda pasaba por un lapso de necesidad económica.

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La Columna de Nelson vigilaba Dublín desde las alturas en la calle O’Connell desde principios del siglo XIX, hasta que un atentado del IRA la hizo saltar en mil pedazos. BBC

Como hemos mencionado, además de la gigantesca aguja, hay una serie de monumentos que homenajean a algunos héroes del nacionalismo irlandés. Comenzando desde el Puente O’Connell y en dirección hacia el Spire, nos encontramos en primer lugar con la estatua del personaje que da nombre a esta calle y al puente: Daniel O’Connell. Este héroe nacional tiene un puesto destacado en la historia de la Irlanda del siglo XIX. Vástago de la otrora poderosa familia aristocrática y católica de los O’Connell, nació en el condado de Kerry el 6 de agosto de 1776. Fue enviado a Francia a estudiar con los jesuitas en 1791, año en el que la Revolución Francesa ya estaba en su apogeo. Daniel fue testigo de primera mano de la violencia que tristemente caracterizó a este acontecimiento, lo cual despertó en él un fuerte sentimiento pacifista y un rechazo categórico al empleo de la violencia para conseguir hitos políticos. Daniel O’Connell es considerado la figura primordial de la historia irlandesa de este periodo porque consiguió diversas libertades para los católicos irlandeses y británicos hasta tal punto que logró en el siglo XIX que los católicos pudieran entrar a formar parte del Parlamento, y todo sin derramar una gota de sangre. Hay que tener en cuenta que Gran Bretaña impuso una serie de potentes restricciones a través de diversas actas penales contra los católicos (confesión a la que han perseguido incesantemente desde el siglo XVI, siglo de la Reforma luterana), incluyendo la nulidad en cuanto a representación política. Por ello, a O’Connell también se le conoce como el “libertador”. Asimismo luchó para derogar el Acta de Unión de 1801, por la que Gran Bretaña engulló a Irlanda para formar el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, una unión que fue apoyada también por el parlamento irlandés bajo la promesa de que 100 parlamentarios irlandeses obtuviesen escaños en la Cámara de los Comunes del Parlamento del Reino Unido, lo cual favorecería el acceso al Parlamento británico de los católicos irlandeses. No obstante, la unión resultó ser un astuto engaño, pues el rey Jorge III canceló aquella promesa posteriormente, hasta que en 1829 Daniel O’Connell consiguió sus propósitos. Sin duda, O’Connell fue un líder reformista que inspiraría a líderes posteriores, como Gandhi.

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El monumento O’Connell homenajea al “libertador” Daniel O’Connell, quien consiguió la Emancipación Católica. Ireland Before You Die

El siguiente monumento que nos encontramos según avanzamos hacia la colosal aguja es el de William Smith O’Brien (1803-1864), nuevamente, otro líder nacionalista irlandés que fue miembro de Jóvenes Irlandeses. O’Brien es conocido por ser el líder del levantamiento de Ballingarry, en el condado de Tipperary, de julio de 1848. Al contrario que su predecesor, O’Brien sí apostaba por la lucha armada, y con un reducido grupo de Jóvenes Irlandeses atacó las posiciones que la policía había tomado en la casa de una viuda de Ballingarry. Las tensiones entre los republicanos irlandeses y los británicos iba en aumento y la aparición de la gran hambruna irlandesa no ayudó a limar asperezas, y más teniendo en cuenta que las administraciones británicas se mostraban insensibles y despreocupadas frente a la epidemia de hambre que estaba diezmando Irlanda. Trataban al reino de Irlanda más como a una mera colonia esclava que como a una parte integrante de su territorio. El resultado del alzamiento fue una desastrosa derrota y la deportación de O’Brien a Tasmania con cargos de alta traición. Aun así, aquella batalla se tornó en mito para los nacionalistas y en un motivo más para continuar con la lucha contra la opresión británica.

Posteriormente nos encontramos con el monumento a Sir John Gray (1815 o 1816-1875), un polímata nacionalista inglés que dirigió el periódico Freeman’s Journal en el que se divulgaban los ideales de O’Connell y el movimiento nacionalista. Además, fue físico, cirujano, periodista y político. Por último, y antes de alcanzar la aguja, se interpone en nuestro camino la estatua de James Larkin (1876-1947), un corpulento socialista miembro del Partido Laborista Independiente y fundador junto con James Connolly del Partido Laborista Irlandés. Asimismo fue fundador del Sindicato Irlandés del Transporte y de los Trabajadores en General (ITGWU). Su fama radica en sus intensos esfuerzos por movilizar y mejorar las condiciones de vida de los trabajadores irlandeses y de sindicalizar a los trabajadores no cualificados.

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A la izquierda, monumento a Sir John Gray y, a la derecha, monumento a James “Jim” Larkin. Pinterest & Talking Statues Dublin

El mágico paseo de Dark Hedges

Después de abandonar una de las calles más simbólicas de Dublín, nos dirigimos a la autopista M1 en dirección al extremo septentrional de la isla. Algo más de dos horas nos esperaban hasta alcanzar nuestro destino, acompañados constantemente por una ligera llovizna dispuesta a reverdecer aun más los suelos irlandeses y por un cielo plomizo.

Finalmente llegamos sin contratiempos a un lugar de Irlanda del Norte conocido como Dark Hedges. Es un paseo conformado por la carretera Bregagh y delimitado por numerosas hayas a ambos lados del camino. Es un lugar peculiar, en el que se respira una atmósfera de misterio y magia, y el cielo plomizo ayudaba también a ello. Recuerda al escenario arquetípico del bosque encantado que suele aparecer en cuentos de fantasía, hadas y brujas o en las historias de terror gótico. Afortunadamente la luminosidad era generosa, porque estamos seguros que de noche la faz de este paseo arbolado cambia radicalmente y presenta su rostro menos amable. Las hayas de gruesos troncos se descoyuntan y se ramifican abundantemente, hasta tal punto que en algunas secciones del camino el dosel crea auténticas cúpulas que solamente dejan ver diminutos trozos de cielo, una suerte de túneles abovedados que, queramos o no, nos transportan automáticamente a otros tiempos. Visto desde cualquiera de los extremos del camino, las hayas parecen abalanzarse sobre la carretera, como si un hechizo buscase impedir la entrada al visitante.

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Dark Hedges es una delicia para los sentidos. No hay mejor lugar que este para impregnarse de la magia de Irlanda del Norte. Archivo personal

Al final de la carretera nos da la bienvenida una hacienda o mansión de estilo georgiano del siglo XVIII. Fue mandada levantar por James Stuart, quien le puso el nombre de Mansión Gracehill en honor a su mujer, Grace Lynd. Fueron los propietarios de este lugar quienes también mandaron plantar las 150 hayas que, originalmente, adornaban el camino de entrada a la mansión para ofrecer a sus visitantes una sensación de magnificencia y para indicarles que no estaban accediendo a cualquier lugar. Desgraciadamente, las inclemencias temporales y las fuertes tormentas no han dado tregua a este lugar y han derribado algunos árboles. Actualmente solo quedan unas 90 hayas y el terreno aledaño es sede de un club de golf. Consecuentemente, en 2009 se fundó la Dark Hedges Preservation Trust para preservar y mantener el estado de salud de los árboles supervivientes tanto de las inclemencias climáticas como del trasiego frecuente de vehículos y del vandalismo.

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Las decenas de hayas fueron plantadas por la familia Stuart con el objetivo de dar una bienvenida mágica al visitante. En la imagen se muestra la mansión Gracehill, de estilo georgiano. Archivo personal

Obviamente un lugar así no podía escapar al influjo de lo paranormal. Tanto es así que Dark Hedges alberga a un fantasma. Este espectro se manifiesta sobre todo por las noches a través de un melancólico lamento que hiela los huesos hasta del más valiente. Se dice que vaga por la carretera, desplazándose sibilinamente entre las hayas y sus tortuosas ramas, hasta que se desvanece al llegar al último árbol del final del camino. Se lo conoce popularmente como la Dama de Gris y su identidad varía según a quien se pregunte. Algunos alegan que se trata del espíritu de la señora Lynd quien, profundamente enamorada de su antigua casa, se niega aun después de muerta a abandonar su propiedad. Otros en cambio aseguran que se trata del fantasma de una pobre sirvienta de una casa aledaña que murió en extrañas circunstancias. Quizás aun vaga por Dark Hedges hasta que alguien resuelva el misterio de su muerte. Otras versiones afirman que se trata de un espectro perdido que no ha encontrado la paz eterna y cuyo cuerpo está enterrado en un cementerio abandonado situado próximo a este camino. Sea como fuere, en 2015 el fotógrafo Gordon Watson, de Ballycastle, aseguró haber captado por primera vez al famoso fantasma en una fotografía. Cuando hizo la fotografía a plena luz del día no vio nada extraño, fue al examinarla en su ordenador cuando se percató de la presencia de una extraña neblina flotando ante la cámara. Por supuesto, no falta quien da una explicación más mundana a todos estos fenómenos. La culpa de los susurros fantasmales que se perciben por las noches la tendría el viento o la brisa al atravesar el laberinto de ramas que cubren el camino y el avistamiento de presuntas entidades fantasmales sería consecuencia de la sugestión. Independientemente de todo esto, invitamos al lector a que visite por sí mismo el lugar para impregnarse de la magia que por allí flota y para que compruebe por sí mismo si hay fantasma o no…

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Dark Hedges es un lugar propenso para el misterio. Según se dice, habría incluso un fantasma pululando por el paseo. En 2015 se logró tomar la primera fotografía del susodicho. Irish Central

Dark Hedges, debido a todas sus facetas, es, por tanto, un lugar que atrae a propios y extraños en cualquier época. Tanto es así que cineastas y productores de series de televisión no se lo han pensado dos veces y han escogido este lugar para grabar algunas escenas y añadirles más magia sin necesidad de demasiados efectos especiales. De hecho, Dark Hedges cobró fama gracias a la exitosa serie de HBO Juego de Tronos, porque allí se rodó parte del segundo episodio de la primera temporada. También fue escenario de la película Transformers: El Último Caballero. No es necesario destacar que ambas filmaciones provocaron un boom de visitas a este lugar.

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La exitosa serie Juego de Tronos aprovechó este mágico emplazamiento para grabar algunas escenas. Irish Central

Pero si este curioso paseo ya nos pareció una delicia para los sentidos, lo mejor estaba por llegar…

Un puente colgante sobre el vacío

De nuevo en carretera, nuestro siguiente objetivo nos aguardaba un poco más al norte. Sin salir del condado de Antrim, nos dirigimos hacia la costa. Ya destacamos en la primera parte que una de las atracciones más bellas de Irlanda son sus costas y sus señoriales precipicios. No sólo por las increíbles e inolvidables vistas que ofrecen sino porque son los mejores lugares para contemplar la magna fuerza de Gea, las dinámicas geológicas y la constante erosión de las rocas. Pues bien, esto es lo que íbamos a contemplar en nuestro siguiente destino, aunque desde una perspectiva un tanto inusual.

El autobús nos dejó en un aparcamiento pegado prácticamente a los acantilados. Solamente una barrera de setos y una alambrada nos separada del despeñadero. Como las entradas venían incluidas en el tour, no perdimos más tiempo y nos dispusimos a recorrer los aproximadamente 1,3 Km que nos separaban de nuestro objetivo. El océano e imponentes elevaciones rocosas cercaban el camino a un lado y a otro. No podíamos pedir más. Tras recorrer el escaso kilómetro con parsimonia y disfrutando del agreste paisaje, al fin llegamos a nuestra meta, donde nos esperaba la isla de Carrick-a-Rede (“roca de la fundición” en gaélico), y como buena isla que se precie, estaba separada de nosotros por un estrecho de mar. Y uniendo aquel pedazo de tierra desgajado desde hace milenios con nuestra ubicación había un puente de unos 20 metros: el puente de la soga de Carrick-a-Rede, propiedad de National Trust. Ningún problema entonces. Bueno, sí que había uno, y es que el puente está suspendido a 30 metros sobre el nivel del mar. El dichoso puente, además, es de cuerda, y para atravesarlo hay que pisar por unos estrechos tableros de madera sujetos con dicha cuerda. Teniendo en cuenta, además, que con la mínima ráfaga de viento y que dando dos pasos la estructura se balanceaba, el miedo emergía lentamente desde las entrañas.

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El puente de Carrick-a-Rede es una de las principales atracciones de Irlanda del Norte. No es de extrañar, la emoción de cruzarlo y la posterior contemplación de un panorama increíble atestiguan su fama. Archivo personal

Un miedo que rápidamente se disipa al tener en cuenta que la estructura ha aguantado reciamente todo tipo de temporales y ventiscas desde 2008, año en el que fue instalado el actual puente. Y subrayamos “actual” porque no es el primero ni mucho menos. En 1755 varios pescadores instalaron un puente que unía la costa de Irlanda con la pequeña isla. En dicho promontorio estos mismos pescadores y las generaciones venideras instalaron una pesquería dedicada fundamentalmente al salmón y cuyos restos aun pueden contemplarse. Pescaban con red, atando uno de los extremos a la roca de la isla y con el otro formaban un arco para atrapar a los salmones despistados que procedían del proceloso océano para, pasando por este territorio, completar su ciclo vital en los ríos que los vieron nacer. Para ello tenían que descender con un bote para dirigir a los salmones hacia la isla, con los peligros que ello conllevaba, sobre todo cuando la marejada era fuerte y aumentaba la amenaza de estrellarse contra la pared de roca. Aun así, aquellos pescadores sin miedo se jugaban la vida casi diariamente, no sólo durante la pesca sino también a la hora de llegar a la isla. Porque el puente que ellos levantaron no incluía el adjetivo “seguro” entre sus rasgos, sobre todo porque sólo había una cuerda a la que agarrarse y los travesaños de madera (separados entre sí y dispuestos en horizontal además) estaban desvencijados. Así que si el puente actual ya impone respeto, imaginemos el de hace 3 siglos.

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Hace años, el puente colgante era de solo una cuerda, y los tablones de madera eran mucho más estrechos. Eran otros tiempos. Aun así, hasta los más jóvenes se atrevían a cruzarlo. Definitivamente, los irlandeses están hechos de otra pasta. Visit Portrush

Sin embargo, aquellos pescadores estaban hechos de otra pasta y, o cruzaban aquel puente maltrecho (tengamos en cuenta que tenían que hacerlo cargados con todos los aparejos de pesca), o se quedaban sin comer ellos y sus familias. No les quedaba otra. Aun así, el puente aguantó a base de bien, porque hubo temporadas que lo cruzaban más de 100 personas. La temporada de pesca solía abarcar el verano, cuando el mar estaba más calmado. El resto del año el puente se retraía para evitar que su degradación. Algo similar ocurre con el puente actual. La administración se ve obligada en ocasiones a cerrarlo en invierno por las inclemencias meteorológicas. Estas actividades se prolongaron hasta 2002, cuando cesaron para dar paso al turismo. Como dato curioso, cabe mencionar que el salmón ha sido uno de los alimentos más apreciados por los irlandeses, si bien es cierto que el pescado no ha sido un alimento habitual en la gastronomía irlandesa desde que se le han atribuido ciertos estigmas, pues el pescado se ha asociado con la dieta de los pobres. Tienen mucha más importancia las carnes, sobre todo la de vacuno. De hecho las vacas (y también los cerdos) han sido una de las fuentes de alimento más importante desde que Irlanda fue poblada por los primeros ganaderos neolíticos. Incluso, durante la era celta de Irlanda, lo primero que los líderes de las diferentes tribus celtas intentaban incautar a las tribus contra las que se enfrentaban era su ganado. Aun así, tal ha sido la importancia del salmón que es un animal que ha sido mitificado y forma parte de las leyendas irlandesas. En el panteón irlandés de seres mágicos aparece el Salmón del Conocimiento, un pez que adquirió la sabiduría absoluta tras ingerir los frutos de un serbal que cayeron accidentalmente en la laguna o manantial en el que vivía cautivo el animal. Quien lo probase, adquiriría ese don.

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Desde las costas del condado de Antrim puede divisarse, siempre y cuando el clima lo permita, Escocia. Archivo personal

El caso es que finalmente cruzamos el puente de la soga y, ciertamente, nos hubiéramos arrepentido si no lo hubiésemos hecho, ya que desde la isla de Carrick-a-Rede se obtiene una vista más límpida y panorámica de todo el paisaje al no haber ningún obstáculo que se interponga a la visión. Además, desde la isla pueden observarse algunas de las cavernas que horadan las paredes de las costas y la prueba más palpable de que nos encontrábamos sobre un volcán milenario, a saber, los pilares de roca negra integrados en la pared de los acantilados. Esa roca negra es basalto que emergió del volcán durmiente situado bajo nuestros pies hace aproximadamente 60 millones de años. Por si esto fuera poco, la isla es un estupendo observatorio de aves y cetáceos. Si el lector-viajero alguna vez visita este lugar inolvidable, que no se olvide de mirar a lontananza. A lo lejos, las costas del hogar de Nessie le saludarán…

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Merece la pena cruzar el puente de la soga. En la isla de Carrick-a-Rede se disfruta de una panorámica inigualable. En las paredes de roca pueden observarse algunas cavernas. Archivo personal

Antes de montar de nuevo en el autobús, atravesamos el aparcamiento para visitar un emplazamiento que nos quedaba por ver. A 100 metros del aparcamiento principal, el más cercano al mostrador de venta de billetes, está ubicado un segundo aparcamiento, este ya de tierra, en lo que antes era la cantera de Larrybane, de donde se extraía cal para el encubrimiento de paredes entre otros usos. Para procesar la cal, se instalaron hornos por toda la costa de Antrim y las ruinas de uno de ellos pueden visitarse en este mismo lugar. Recomendamos la visita de este sector, pues también hay un breve paseo que desciende prácticamente hasta el nivel del mar y que revela diminutas playas rocosas donde poder descansar sintiendo la brisa del océano. Además, los fans de Juego de Tronos tienen otro lugar en el que hacerse unas fotografías. En este aparcamiento es donde se instaló el campamento de Renly Baratheon y donde la reina Margaery Tyrell presenció un torneo de luchas.

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Cerca de Carrick-a-Rede se filmaron escenas de Juego de Tronos. Archivo personal

Siguiendo las huellas de los gigantes

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Por toda Irlanda del Norte hay repartidas 10 puertas que homenajean a la serie Juego de Tronos. Esta, que representa a la casa Targaryen, se encuentra en el restaurante The Fullerton Arms. Archivo personal

De vuelta en el autobús, viajaríamos unos 15 minutos hacia el oeste, siempre bajo el cielo plomizo típico de estas latitudes. Íbamos a explorar unas estructuras que, según las leyendas, fueron levantadas por gigantes, esos mismos seres que misteriosamente pululan por las mitologías de medio mundo, como si quisiesen hacer notar su existencia real hace siglos. Estas construcciones, para algunos elaboradas por la erosión y para otros por gigantes, forman parte de lo que se conoce como Calzada de los Gigantes. Pero antes nos detuvimos en el restaurante The Fullerton Arms para reponer fuerzas con un delicioso guiso de ternera típico de Irlanda. Por cierto, este restaurante alberga una de las 10 puertas labradas repartidas por Irlanda del Norte (concretamente la número 6) y que homenajean a la exitosa Juego de Tronos, serie a la que parece estar consagrada la Isla Esmeralda.

Con el buche lleno, volvimos al autobús en dirección a la Calzada. Descendimos en el aparcamiento y comenzamos el paseo que nos llevaría a nuestra meta. Dejamos a la izquierda el centro de interpretación, cuya fachada, compuesta por una serie de columnas zaínas de basalto, representa figuradamente lo que estábamos a punto de disfrutar. Este no era un camino al uso, sino que caminábamos directamente sobre una mitología en sí misma. Concretamente, la de unos gigantes que modelaron el paisaje a su gusto, dejándonos muestras de su actividad por toda la zona. Es normal que todas estas estructuras geológicas se relacionasen con gigantes, no sólo por su tamaño, sino también por las caprichosas formas que manifiestan, fácilmente identificables con los elementos que nos cuenta la leyenda. Porque se dice que aquí vivió un gigante irlandés llamado Finn McCool con su familia. Su vida era tranquila hasta que aparecieron otros gigantes a los que Finn, valiente e iluso a partes iguales, quiso retar.

Nuestra primera parada es la Bahía de Portnaboe o Bahía de la Vaca, así conocida porque los pastores llevaban al ganado a las zonas más bajas de estas colinas para pastar. En esta sección del camino cabe destacar varios elementos. Por un lado, aun quedan restos de una actividad económica a la que se dedicaban los habitantes de este litoral. Son los “muros de kelp”, una serie de paredes bajas dispuestas paralelamente a la costa y que, como su propio nombre indica, servían para colgar y secar las algas kelp recolectadas. Posteriormente, estas algas se quemaban en una serie de estufas u hornos y, tanto el humo como el producto final, se empleaban con diversos objetivos. Los médicos utilizaban la humareda, cuyo olor era muy desagradable, para tratar la bronquitis, mientras que el material calcinado era útil para descalcificar el agua, para la obtención de minerales, para blanqueamiento y para la elaboración del lino irlandés. Por otro lado, en esta bahía destaca una ensenada conocida como Brenther (palabra nórdica que significa “puerto abrupto o escarpado”) de la que partían rutas guiadas en barco desde mediados del siglo XIX que permitían disfrutar de unas hermosas vistas de todo el conjunto, otra fuente económica importante para los habitantes de la zona. Desde Brenther, las humildes y destartaladas embarcaciones llevaban a los turistas hasta la Calzada, hacia varias cuevas marinas, entre las que destaca la cueva Runkerry, considerada la mayor cueva marina de toda Irlanda y donde se llevaba a cabo un espectáculo sonoro que consistía en disparar un arma para que los turistas experimentasen la acústica de la cueva a cambio de unas monedas, y hacia Port na Spaniagh, lugar del que hablaremos a continuación.

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Nuestra primera parada en la Calzada de los Gigantes es la bahía de Portnaboe donde, inspeccionando con ojos curiosos, se puede encontrar restos de la historia de los irlandeses de esta región. Archivo personal

No obstante, si este lugar es famoso nuevamente es por la leyenda relativa al gigante Finn McCool. Se cuenta que una vez el despistado gigante se alejó tanto de su hogar que tuvo que recurrir a un animal para retornar rápidamente. Aquel animal fue un camello gigantesco. Por supuesto, ese camello se halla tumbado para toda la eternidad (o al menos hasta que la naturaleza lo decida) en Portnaboe, con una peculiaridad: está petrificado. Para la ciencia, alejándose del romanticismo de la tradición popular y de la leyenda, el camello de Finn no es más  que un montículo de dolerita originado a partir de la infiltración de lava a través de capas de roca blanda que erosionó con el paso de los milenios hasta dejarnos esta curiosa pareidolia.

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Desde que Finn lo trajo a su hogar, su camello yace petrificado en Portnaboe. Archivo personal

Las vistas se antojaban reiteradamente espectaculares. Poco a poco entendíamos por qué el gigante había elegido esta zona para instalarse: El recogimiento y el contacto con la naturaleza son supremos. Sin cesar veíamos las habilidades artísticas de la naturaleza, con increíbles y curiosas formaciones geológicas a ambos lados de la travesía. En todas ellas se vislumbraban trazas de la legendaria biografía de Finn y su familia. Justo antes de abandonar Portnaboe aparecen a nuestra izquierda, justo en la punta o cabo que delimita la citada bahía y marca el inicio de Port Ganny, un par de colinas en miniatura conocidas como las Stookans (“pajares” en escocés), y que, como no, están relacionados con Finn. En estas colinas Finn almacenaba su paja. Pero como ya hemos indicado anteriormente, Finn es muy despistado, porque colocar un pajar cerca del mar no es para nada una buena idea…

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Las colinas gemelas situadas en uno de los cabos que delimitan Portnaboe reciben el nombre de Stookans, que en escocés significa “pajares”. Archivo personal

En este mismo cabo se encuentra el “Windy Gap”, la “ranura o brecha ventosa”. La disposición de las rocas ha generado una suerte de pasillo que en los días más ventosos es un auténtico desafío cruzar. El Windy Gap tiene la fama de ser el lugar donde el viento alcanza las mayores velocidades de toda Irlanda. Tal fuerza puede llegar a tener que es capaz de derribar a una persona.

Tras superar los Stookans y el Windy Gap llegamos a otra bahía: Port Ganny (“puerto Ganny”). “Ganny” es un término procedente del gaélico (gaineamh) que significa arena, ya que es uno de los pocos lugares de la Calzada que tiene arena. Posiblemente antes tenía más, pero los granjeros de la zona se la llevaban para su uso particular. A lo lejos podíamos ver nuestro objetivo constituyendo el siguiente cabo. Sin embargo, antes de llegar allí merece la pena escrutar la pared de roca que tenemos a nuestra derecha. En ella emergen tímidamente una serie de rocas que parecen incrustadas en una pared “arenosa”. Nuevamente vemos la mano de la erosión en este lugar, la cual ha ido eliminando las capas de rocas más blandas para dejar al descubierto las rocas más duras, que resisten mejor el embate de los vientos y las aguas.

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La Calzada del Gigante está salpicada de formaciones geológicas fascinantes talladas por la erosión y vomitadas por arcanos volcanes. Archivo personal

Tras recorrer el pequeño paseo que separa ambos cabos de Port Ganny, por fin llegamos a nuestra anhelada meta: la Calzada del Gigante. Es fascinante, no existen palabras para describir lo increíble de este lugar. No se parece a nada que hayamos visto anteriormente, si bien es cierto que esta estructura puede encontrarse en más partes del mundo. Realmente uno no sabe qué pensar cuando ve este espectáculo, pues rápidamente acuden pensamientos de la posible artificialidad de lugar. Lo que el viajero contempla en este lugar es un conjunto de decenas de miles de columnas de basalto que van ganando altura progresivamente, formadas por una suerte de sillares superpuestos, algunas de ellas formando prismas poliédricos casi perfectos (predominando los hexágonos), por lo que parecen artificiales. De hecho, la leyenda más popular nos dice eso mismo. De nuevo, el autor de la obra habría sido Finn McCool. Según esta historia, Finn habría cogido manía a un gigante que habitaba en la Isla de Staffa, Escocia, llamado Bennandoner. Desde lejos, el gigante escocés parecía poca cosa, un enano que no iba a dar demasiada guerra. Así que Finn comenzó la ardua labor de construir una enorme calzada que llegase hasta la isla, y cuyos restos podemos contemplar hoy día. Cuál fue su sorpresa cuando, a punto de terminar su magna obra, se dio cuenta del engaño que habían perpetrado sus ojos: Bennandoner era bastante más grande que él. Así que, en un alarde de cobardía, puso pies en polvorosa. El escocés vio cómo el arrogante Finn huía, así que decidió terminar la calzada para perseguirle y darle su merecido. El primero se ocultó rápidamente en su casa y pidió ayuda a su esposa, Oonagh, la única que tenía algo de cerebro. Sin más dilación, Oonagh disfrazó a su marido con la ropa de su bebé, Oisín. Justo a tiempo, porque Bennandoner había comenzado a golpear la puerta violentamente en busca de su enemigo. Oonagh le invitó a entrar cordialmente y a tomar una taza de té. Finn estaba cuidando al ganado, le dijo su mujer, pero mientras podía esperar y conocer al pequeño de la familia. Cuando Bennandoner vio al “pequeño”, retrocedió con el rostro pálido. “Si así de grande es el bebé, ¿cómo tenía que ser el padre?”, debió de preguntarse aterrado. El ardid funcionó y el gigante escocés retornó como alma que lleva el diablo a su isla, no sin antes hundir en el mar parte de la calzada para evitar que el gigante irlandés tomase represalias y lo persiguiese. Por eso hoy vemos la calzada incompleta. Sin embargo, en la isla que se ve a lo lejos, la Isla de Staffa, existe otra formación similar a la Calzada del Gigante, como si fuese la continuación que, antiguamente, unió los dos territorios.

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A lo lejos divisábamos nuestra fascinante meta. Una serie de columnas de basalto que, dicen, son los restos de una calzada colosal que construyó un gigante. Archivo personal

Pero Irlanda y Escocia no son los únicos lugares que poseen este tipo de estructuras. Podemos encontrar más en las Islas Faroe, en el fiordo de Stapi en Islandia (región que recorren el profesor Lidenbrock con su sobrino y pupilo en busca de la entrada al centro terrestre en la novela Viaje al centro de la Tierra de Julio Verne, donde se menciona de pasada la Calzada de Irlanda, por lo que es posible que el escritor francés viajara a estos lugares), en Groenlandia, en las Azores, en La Gomera (Islas Canarias).

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Una formación similar a la de la Calzada del Gigante se ubica en Svartifoss, Islandia. Svartifoss se traduce como “las cascadas negras”. Pixabay

La historia de estas estructuras, conocidas como columnas basálticas por los geólogos, tiene decenas de millones de años. Concretamente, la historia de la Calzada comienza hace unos 60 millones de años. Entonces el supercontinente Pangea estaba en proceso de división y el océano Atlántico ensanchándose progresivamente. Estos colosales movimientos de las placas tectónicas originaban decenas de erupciones y la filtración de lava hacia el exterior. Una vez que se enfriaban, estas gigantescas masas de lava formaban mesetas y montañas de basalto. En la Calzada se puede ver además como, alternándose con el oscuro basalto, aparecen en la roca unas bandas de una roca rojiza conocida como laterita, y que ha visto la luz gracias a la erosión de las capas externas de basalto. Por otro lado, los curiosos poliedros que se generan se deben al enfriamiento lento de la lava basáltica que, durante el proceso, pierde volumen, generándose grietas que, al unirse, forman esos prismas, mayoritariamente hexagonales. Es un proceso parecido al que se observa cuando el barro se solidifica. Para que luego digan que la naturaleza no trabaja en ángulos rectos o con formas geométricas… Con las erupciones consecutivas a lo largo de millones de años se fueron superponiendo capas de lava basáltica y se fueron formando esas columnas, que en algunos casos pueden alcanzar los cientos de metros. Por supuesto, el viento, el agua, los glaciares, etc. han dado el retoque final.

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Las formas geométricas tan perfectas de las columnas basálticas de la Calzada del Gigante son una auténtica obra de arte de la naturaleza. Archivo personal

La génesis de la Calzada ahora está clara, pero en el siglo XVIII hubo un intenso debate sobre esta cuestión. El interés científico de la Calzada comienza con los análisis del físico y naturalista dublinés Sir Thomas Molyneux. Aunque él no visitó personalmente el lugar, mandó a una persona de su confianza a cavar alrededor de una de aquellas columnas para estudiar su profundidad y para conseguir algún fragmento para su análisis. Molyneux fue el primero en postular que las rocas eran basalto, aunque todavía no se sabía de donde procedía. Desde entonces, diversos autores se enfrascaron en la misión de descubrir el origen geológico del basalto y, por ende, el de estas estructuras. Durante 200 años dos tesis se enfrentaron enconadamente: el vulcanismo y el neptunismo. Los primeros, encabezados por el geólogo francés Nicolas Desmarest, sugerían que el basalto era una roca volcánica generada a partir del enfriamiento de la lava. Por tanto, las columnas basálticas tendrían su origen en las profundidades terrestres. Los neptunistas, en cambio, sostenían que todas las rocas se formaron en un océano primordial a través de la sedimentación. Por tanto, las columnas basálticas procedían del fondo del océano. Fuego contra agua. Vulcano contra Neptuno. Este problema surgió por el desconocimiento de la tectónica de placas y de la existencia de fisuras por las que la lava puede filtrarse. Hasta que la geología no avanzó un par de siglos y los descubrimientos se acumularon, no se supo que la génesis de la Calzada fueron múltiples erupciones volcánicas durante millones de años.

Pero si la Calzada del Gigante llamó tanto la atención de científicos y turistas fue gracias a los testimonios y a las representaciones pictóricas. Posiblemente, las pinturas más importantes son los dos paisajes perfectamente bosquejados por Susanna Drury, con los que ganó un concurso de la Dublin Society. La importancia de estas y otras obras de otros autores no sólo radica en la popularización de este lugar sino también en la inspiración que tuvo para muchos científicos a la hora de descifrar el enigma de su origen.

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Las hermosas obras pictóricas de Susanna Drury ayudaron a popularizar a nivel científico y turístico la Calzada del Gigante. En la imagen, perspectiva oriental de la Calzada. Esta artista fue de las primeras en plasmar la Calzada en un lienzo. Interwebworld

La Calzada del Gigante se divide en tres zonas según vamos avanzando por Port Ganny. Primero nos encontramos con la Calzada pequeña, así llamada porque las columnas de basalto son las más diminutas. En esta primera parte podemos contemplar las canicas del gigante, unas moles rocosas esféricas con las que Finn solía entretenerse. Asimismo, hasta la década de 1950 podía contemplarse un pequeño pozo de agua dulce procedente de la escorrentía superficial del agua de lluvia, una suerte de recipiente natural circundado por varias piedras hexagonales. Según la leyenda, era el lugar en el que Finn se abastecía de agua, aunque también sirvió para satisfacer a los turistas. De hecho, se convirtió en un punto clave de esta atracción. De su protección y explotación se encargó un equipo exclusivamente formado por mujeres: las Old Marys, así conocidas porque muchas compartían nombre y porque la mayoría tenían una edad avanzada. Ellas eran las guardianas del pozo y se dedicaban a la venta de un vaso de agua del pozo y de deseos, aunque algunas obsequiaban además con un chupito de whisky local (muchos piensan que esta bebida fue inventada en Escocia, pero lo cierto es que hay registros anteriores de destilación de whisky en Irlanda, aunque su verdadero origen es polémico). En 1950 cesó este negocio debido a varios problemas de salud adquiridos por beber agua del pozo, parece que por algún elemento contaminante que el agua de lluvia arrastraba hasta aquí. Por tanto, los mercaderes ambulantes de la Calzada tuvieron que buscar nuevas fuentes de ingresos, que encontraron en la venta de unos curiosos souvenirs conocidos como cajas de especímenes, restos fósiles supuestamente extraídos de la Calzada, aunque realmente procedían de Devon y Dorset.

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Primera sección de este fascinante lugar: la Calzada pequeña. En la primera fotografía, a la derecha, puede observarse como las columnas van ganando altura. Entre los pequeños bloques poliédricos destacan las gigantescas canicas basálticas con las que jugaba Finn. Archivo personal

La siguiente sección es la Calzada central, posiblemente la que más instantáneas y postales ha protagonizado. Entre el montículo de columnas destaca una oquedad conocida como la silla de los deseos, en la que las columnas circundantes parecen disponerse como el respaldo y los reposabrazos de un trono. El ritual para pedir un deseo es sencillo: primeramente, y como con cualquier deseo, hay que mantenerlo en secreto. El deseo que se pida ha de ser humilde, algo que pueda cumplirse, y mientras se pide, hay que menear el trasero en el asiento. Esta silla natural ha recibido las posaderas reales del príncipe Carlos, así como las del exministro principal de Irlanda del Norte Peter Robinson, las del exviceministro principal de Irlanda del Norte Martin McGuinness o las del ex primer ministro británico James Cameron.

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La Calzada central es, seguramente, el lugar más fotogénico de todo el monumento natural. Archivo personal

La Calzada de Finn termina en la gran Calzada, el lugar donde las columnas alcanzan las mayores altitudes (la más alta alcanza los 10 metros). Volvemos a encontrar nuevas improntas del gigante irlandés. En la cima de esta parte de la Calzada aparecen un conjunto de rocas hundidas con una forma pentagonal perfecta que, cuando se inundan, forman la silueta de un abanico. La leyenda dice que es la huella de un abanico que Finn regaló a su esposa Oonagh. A nuestras espaldas se encuentra el promontorio Aird Snout, en cuyo seno están insertados los cañones del gigante, unas columnas de roca horizontales cubiertas de vegetación que apuntan hacia el mar y que Finn habría instalado por si a Bennandoner se le ocurría volver. Entre la gran Calzada y el promontorio se sitúa una suerte de pasillo que conecta Port Ganny con la siguiente bahía, Port Noffer, construido, como no, por Finn, aunque los menos románticos apuntan a la mano del hombre. Por último, a la entrada de Port Noffer el visitante podrá disfrutar del telar del gigante, una empalizada  de varios metros de altura de columnas basálticas poliédricas que Finn usaba para tejer sus prendas. Sin embargo, las sorpresas no terminan aquí.

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El monumento natural culmina en la gran Calzada, donde las columnas basálticas más altas alcanzan los 10 metros. Archivo personal

Desde nuestra posición en la gran Calzada podíamos ver unas curiosas columnas adheridas a la pared de un promontorio. Desde lejos parecían las fauces de una bestia ciclópea. Pero según nos cuenta la leyenda, se trataría de los tubos del órgano de Finn, unas 60 columnas de 12 metros de altura. Aunque el gigante se nos presente como un torpón y un iluso, también tenía su faceta artística.

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Finn el gigante era un virtuoso de la música. Su instrumento favorito era el órgano, cuyos tubos aparecen en esta fotografía. Archivo personal

En un promontorio más alejado se encuentra el hogar de Finn y su familia. Las columnas que se alzan contra el cielo, identificadas como las chimeneas de la casa, delatan su ubicación. En un promontorio más pequeño situado al lado del anterior se puede apreciar la silueta del juguete favorito del hijo de Finn, un osito de peluche, aunque el paso del tiempo también lo ha petrificado.

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Aunque la casa de Finn y su familia esté un poco apartada de la Calzada, sus chimeneas pueden verse casi en la cima del promontorio, aunque hace tiempo que no humean. Archivo personal

Si bajamos a la costa, veremos una roca con una forma muy peculiar. Parece un zapato y, de hecho, sería un zapato que Finn habría perdido durante su intempestiva huida de Bennandoner. Es otro de los elementos más fotografiados de la Calzada. Los victorianos lo llamaban la silla del gigante porque descansaban sobre la misma para contemplar el paisaje. Por cierto, a partir de esta roca y del número de pie que calzaría Finn, varios científicos han intentado calcular su altura, concluyendo que mediría unos 16 metros. De esta forma puede comprenderse por qué todo en este lugar está hecho a medida de gigantes… Por último, en la pendiente de la elevación opuesta a la bahía de Port Noffer está enclavado un estrecho camino ascendente conocido como los pasos del pastor, así conocido porque era el camino usado frecuentemente por los pastores para descender a la costa. En la década de 1960 fue restaurado por algunos locales, gracias a los cuales el visitante puede ascender por el promontorio a través de sus 162 escalones.

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En Port Noffer, el viajero podrá tomarse un respiro sentado en la bota que se le cayó a Finn mientras huía del escocés Bennandoner. Around the World in 80 Clicks

Esta indescriptible atracción turística continúa más allá de Port Noffer y aguarda más maravillas al viajero. Como nosotros tuvimos un tiempo limitado, no pudimos avanzar más allá, pero animamos a quien pueda a continuar el recorrido y a compartir sus secretos. Antes de regresar al autobús, nos detuvimos brevemente en el moderno centro de interpretación para indagar un poco más sobre la Calzada del Gigante. En 1961, el National Trust adquirió la Calzada del Gigante para su protección. En 1986 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, no solo por la belleza del paisaje sino también por la importante información científica que nos ha legado para conocer un poco mejor el pasado de nuestro planeta. Como también alberga una gran y rica diversidad de hábitats, en 1987 se le otorgó el título de Reserva Nacional Natural. Otros tantos reconocimientos manifiestan la importancia inherente de este lugar, cuyo cuidado está en manos de todos nosotros; lo mínimo que podemos hacer para agradecer a la Calzada la ingente cantidad de sensaciones y de emociones que nos regala es respetarla y cuidarla.

El relato que hemos ofrecido sobre la mitológica biografía de Finn McCool no es el único que existe, aunque posiblemente sea el más clásico y conocido. Fue escrito por primera vez en la década de 1840 en el periódico The Dublin Penny Journal. Por el contrario, la leyenda de Finn ha sufrido innumerables cambios a lo largo del tiempo y a ello han ayudado sobremanera los guías turísticos, los barqueros, los dueños de las hospederías y los vendedores de souvenirs de los siglos XVIII y XIX que han trabajado durante décadas en la Calzada. Entre todas ellas, destacaremos la versión más romántica de esta leyenda, creída perdida pero afortunadamente rescatada. Fue plasmada en papel por Mary Anne Allingham en 1830 tras una visita a este lugar, quien la escuchó de uno de los numerosos guías que ofrecían sus servicios. Esta historia dice así: parece que Finn se enamoró locamente de una doncella escocesa, pero la desesperación se había instalado en su alma al no poder superar el estrecho de mar que les separaba. Un día, mientras paseaba por la playa cavilando, se le ocurrió construir una gigantesca calzada con las rocas del lugar para poder cruzar el mar y reunirse a su amada. El primer día hizo grandes avances, prácticamente construyó más de la mitad de la calzada. Cansado de una dura jornada, dejó el trabajo a medias y se fue a descansar. Según esta historia, Finn tenía una abuela maga que estaba preocupada de perder para siempre a su querido nieto si este lograba su meta, así que acudió a la magia para invocar una tormenta nocturna que hundiese en el mar la calzada que Finn había estado construyendo durante el día. Al día siguiente, el gigante vio con pesar que su obra había sido destruida presuntamente por los elementos, pero tenaz como era él, se puso manos a la obra otra vez. Nuevamente, durante la noche los hechizos de su abuela volvieron a hacer acto de presencia y volvieron a derribar la calzada. Lo mismo sucedería durante varios días más. Finalmente, Finn, próximo a morir extenuado, decidió construir la calzada por la noche, enfrentándose directamente a los elementos. Cada piedra que colocaba era hundida por un rayo o por las fuertes mareas. Aun así, finalmente logró cruzar el estrecho de mar y conocer a su amada, aunque la calzada sucumbió por última vez a la magia de la abuela. Desgraciadamente, el esfuerzo había sido excesivo y, justo cuando se abrazó a su doncella, pereció. La abuela escaló a un promontorio para ver lo que había sucedido. Al observar que su magia había provocado la muerte de su querido nieto, la tristeza y el pesar hicieron presa de ella y se petrificó… hasta el día de hoy. Porque si echamos la vista atrás desde la zona más oriental de Port Ganny, veremos la silueta petrificada de la abuela de Finn ascendiendo por el promontorio.

Volviendo la vista hacia atrás desde la Calzada, veremos una roca con forma humanoide, jorobada, que camina hacia la cima del promontorio. Es la abuela de Finn, cuya pena la transformó en piedra. Archivo personal
Volviendo la vista hacia atrás desde la Calzada, veremos una roca con forma humanoide, jorobada, que camina hacia la cima del promontorio. Es la abuela de Finn, cuya pena la transformó en piedra. Archivo personal

Finn el gigante es un personaje moderno de la mitología irlandesa. Sin embargo, hubo otro Finn McCool, o Fionn mac Cumhaill (Fionn significa “rubio” o “justo” en gaélico), que adquirió un papel fundamental en la mitología de los celtas gaélicos, concretamente en las sagas del ciclo feniano (an Fhiannaíocht en gaélico), en las que se basaron los contadores de historias para fabricar el mito moderno del gigante. Tuvieron tanta divulgación las peripecias y aventuras mitológicas de Finn que, incluso, llegaron hasta Escocia y la Isla de Man.

Su biografía, al igual que la de tantos otros personajes de la mitología irlandesa, está estrechamente relacionada con el origen mitológico que los primeros pobladores de la Isla Esmeralda, entre ellos, obviamente, las distintas tribus celtas, creían que tenían. Aunque dedicaremos un artículo a este tema tan fascinante, tan sólo remarcaremos  que, según las mitologías irlandesas y, concretamente, las que se recogen en el Libro de las Invasiones (Lebor Gabála Érenn en gaélico), una recopilación de mitos celtas del siglo IX con toques cristianos, Irlanda fue conquistada en varias ocasiones por diferentes civilizaciones. Estas historias tienen un parecido enorme con las batallas y las guerras intestinas que sucedían en la isla entre las diferentes tribus celtas. Entre ellas, la más destacada es la de los Tuatha Dé Danann, una misteriosa etnia que, literalmente, aterrizó en Irlanda, porque se dice que llegaron por aire. Durante su invasión, legaron sus conocimientos y tecnología a los nativos, repitiéndose nuevamente ese “monomito” que aparece en diversas culturas de todo el mundo, el de los dioses instructores. Los Tuatha se convertirían en los dioses de los celtas irlandeses. Para muchos, detrás de estas leyendas podrían existir indicios de la presencia de culturas desconocidas y extremadamente avanzadas.

Fionn mac Cumhaill era descrito en ocasiones como un dios, pero en el ciclo feniano se le trata como un héroe mitológico, una suerte de Heracles celta que se dedicaba a la guerra y a la caza. Fionn fue el líder de los Fianna (“animales salvajes”), bandas de guerreros o mercenarios que vivían aislados en los bosques irlandeses y que podían ser llamados por los reyes gaélicos para participar en batalla. Posiblemente, Fionn estaba destinado a ello, ya que era hijo de Cumhal, antiguo jefe de estas bandas de guerreros que falleció en la batalla de Knock contra el clan de los Morna. La biografía de Fionn está rodeada de elementos mágicos y druídicos. Cuando Fionn creció, estuvo bajo la tutela de Finegas, un poeta sabio que vivía a orillas del río Boyne anhelando capturar alguna vez el ya mencionado salmón de la sabiduría, que vivía en una laguna cercana. Finalmente, logró pescarlo y ordenó a Fionn que lo cocinara. Accidentalmente, el joven pupilo se quemó el dedo pulgar con la grasa del pez, así que se lo metió en la boca en un acto reflejo. Así fue como Fionn adquirió el conocimiento absoluto y, finalmente, se convirtió en líder de los Fianna. Claramente estamos ante ese mito arquetípico en el que se relata el camino de la iniciación del héroe.

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El personaje del gigante Finn McCool deriva de uno de los héroes más importantes de la mitología celta irlandesa, Fionn Mac Cumhaill. Wikipedia

Fionn tuvo un hijo con Sadhbh, una mujer que había sido maldecida por un druida, conocido como el Hombre Oscuro, que la había condenado a ser un ciervo. Como ya hemos mencionado, Fionn era también cazador. En una de sus partidas de caza se topó precisamente con la que sería su futura esposa convertida en ciervo, rompiéndose la maldición. No obstante, el draconiano druida la volvería a raptar tiempo después y la volvería a maldecir. Más adelante, en otra partida de caza, Fionn se encontró a un niño abandonado en el bosque que decía ser cuidado y alimentado por un ciervo. Entonces Fionn se dio cuenta de que se trataba de su hijo, al que llamó Ossian u Oisín (al igual que el bebé de Finn el gigante) quien, según la leyenda, llegó a conocer a San Patricio. Oisín es también el narrador de la biografía de su padre. El final de Fionn no se conoce a ciencia cierta, quizás pereció en algunas de las numerosas batallas que lideró junto con sus Fianna, aunque sí el final de estos últimos, que fueron derrotados definitivamente en la batalla de Gabhra por un rey. Otras versiones nos dicen que Finn aun vive pero que está dormido en algún lugar. Esta es la clásica y reiterada leyenda de los eternos durmientes, personajes que al final de su vida entran en un sueño permanente hasta que un acontecimiento los devuelva al reino de la vigilia, como es el caso de algunas leyendas referentes al rey Arturo.

El Castillo Dunluce

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Sorely Boy McDonnell retuvo durante mucho tiempo el castillo Dunluce en sus manos y en la de su clan, aunque para ello tuvo que enfrentarse repetidamente a clanes rivales y a la monarquía inglesa. WikiVividly

Nuestro siguiente destino estaba a 10 minutos al oeste de la Calzada. Una vez que el autobús se detuvo en doble fila pudimos contemplar durante unos minutos el Castillo Dunluce, o más bien sus ruinas. Perfecta y estratégicamente levantado al borde de un cabo escabroso para obligar a los potenciales invasores a acceder por un solo sitio, data de principios del siglo XVI. Su artífice fue el clan de los McQuillan. No duró mucho en sus manos: a mediados de aquel siglo, el clan de los McDonnell, comandado por el guerrero Sorely Boy McDonnell (famoso porque la reina Isabel I de Inglaterra intentó someterlo en varias ocasiones infructuosamente), lo sitió y conquistó. En 1565 volvió a cambiar de manos, esta vez a las de Shane O’Neill, otro famoso guerrero irlandés, quien se enfrentó a McDonnell en una guerra orquestada por Isabel I y sus ministros con el objetivo de doblegar a ambos personajes, espinas clavadas en el orgullo inglés. No obstante, en 1585 McDonnell consiguió retomar su antiguo bastión.

Dicen las crónicas que lo hizo de la forma más impensable posible. En vez de atacar por el único punto de posible acceso, Sorely Boy y sus fuerzas se buscaron su propia entrada a través del despeñadero, escalando las complicadas y escarpadas pendientes del mismo para llegar a las torres defensivas. Dunluce formaba parte de un territorio medieval muy disputado por los distintos clanes familiares conocido como La Ruta, que englobaba varios puntos del condado de Antrim.

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Ruinas del castillo Dunluce. Levantado a principios del siglo XVI, resistió el sitio de diversos clanes y ejércitos. Archivo personal

Tres años después, en 1588, el Castillo Dunluce se convertiría en una pequeña pieza de la historia del desastre de la Grande y Felicísima Armada española en el contexto de la guerra anglo-española (aunque sea más conocida como la Armada Invencible, lo cierto es que esta etiqueta es una chanza y una burla que se inventaron los cronistas ingleses). Como breve repaso, simplemente recordaremos que la Grande y Felicísima Armada, compuesta por 130 barcos de guerra, tuvo como objetivo cumplir los deseos “evangelizadores” de Felipe II de España, es decir, destronar a la protestante Isabel I y convertir al catolicismo a los ingleses herejes. Entendido así, cabe concebir esta empresa como una auténtica cruzada religiosa en nombre de Dios. Sin embargo, Dios no estuvo al lado de los españoles durante aquellos meses. La derrota de la armada española sobrevino cuando los ingleses mandaron varios brulotes (barcos incendiarios) para romper el orden de la flota. Lo consiguieron, y la flota se dispersó. Los que tuvieron un peor destino fueron aquellos navíos que fueron obligados a desplazarse al norte, hacia Irlanda y Escocia, donde las fuertes tormentas hundieron varios de ellos, mientras que otros terminaron estrellados contra los escarpados despeñaderos. Uno de ellos, la galeaza Girona, quedó destrozado por un violento choque en Lacada Point, uno de los dos cabos que delimitan la bahía de Port na Spaniagh (el lector ya habrá adivinado porque se denomina así), situada un poco más hacia el este desde Port Noffer en la Calzada del Gigante. Solo sobrevivieron 5 marineros de los 1300 miembros de la tripulación. Afortunadamente, los escasos supervivientes fueron rescatados por los McDonnell y fueron acomodados en sus dependencias del Castillo Dunluce. Los McDonnell, como era de esperar, eran aliados de España contra los reyes británicos, por lo que ayudaron sin reparos a reconstruir la Girona. El 26 de octubre, la Girona partió renovada hacia Escocia, aunque ahora acogía a nuevos supervivientes de otros naufragios que se habían producido a lo largo de la costa atlántica irlandesa. Entre ellos, destacó don Alonso Martínez de Leyva, superviviente de dos naufragios, y quien vio su final junto a miles de personas cuando el Girona encalló nuevamente y se hundió definitivamente. Por otro lado, algunas historias aseguran que algunos españoles se quedaron durante más tiempo en Dunluce y aprovecharon para dejar descendencia. Algunas familias de la cercana localidad de Portballintrae, de hecho, aseguran ser descendientes de los náufragos de la Girona. Los restos del navío se emplearon para realizar algunas mejoras en el castillo: algunos cañones se instalaron en la fortaleza y el resto de los materiales se vendieron para sufragar la restauración del castillo.

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Varios navíos de la Grande y Felicísima Armada española encallaron en las costas irlandesas y fueron hechos añicos por los elementos [La Invencible]. José Gartner de la Peña-Museo del Prado

En 1608, el castillo se convirtió en el foco del poblado que se organizaría bajo su protección, hoy desaparecido. Tuvo un comercio próspero, sobre todo con los contactos que se establecieron entre los habitantes de Dunluce y comerciantes escoceses. En esta época, ya hacía tiempo que Sorely Boy McDonnell se había rendido a las presiones de la reina Isabel I y había prometido obediencia a la corona británica. El castillo constaba de un patio exterior, un patio interior, una casa del guardia, una casa señorial, dos torres defensivas y una cocina. Esta última estancia estaría involucrada en el final del castillo, aunque esta historia vaga entre la realidad y el mito. Se dice que en 1639 una tormenta lanzó por el acantilado parte de la cocina, muriendo 7 cocineros. Para algunos autores, esta historia sería apócrifa. La prueba la encontraríamos en diversas pinturas de los siglos XVIII y XIX que muestran esa parte del castillo relativamente intacta. Sea como fuere, la verdad es que el poblado no estaba destinado a sobrevivir, fundamentalmente porque no tenía puerto para el comercio, como indica la historiadora Linda Stewart. Finalmente, una serie de ataques, rebeliones y saqueos precipitaron el abandono de Dunluce. El hecho determinante fue la batalla del Boyne (1690) en la que se enfrentaron los protestantes de Guillermo de Orange (Guillermo III de Inglaterra) y el rey católico depuesto Jacobo II de Inglaterra en el río Boyne. Los McDonnell apoyaban al rey depuesto, que fue derrotado en la citada batalla, lo cual tuvo consecuencias económicas para el clan irlandés, que se vio obligado a abandonar Dunluce y a establecer su residencia real en Ballygamarry House. Unos 50 años antes, el pueblo de Dunluce ardió y quedó hecho cenizas. Obviamente, la población se vio desplazada, así como los comerciantes que insuflaban vida al pueblo. Todo ello determinó el fin de Dunluce.

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Muchas veces estamos obligados a preguntarnos si castillos como el de Dunluce se erigían en estos lugares tan sólo por motivos estratégicos. Quizás la estética y la belleza del paisaje también influían en las decisiones… Archivo personal

Irlanda es realmente una extrapolación de todos estos lugares que hemos visitado. Una vez que aterrizas en la Isla Esmeralda, es como si cruzases un portal y te adentrases en una leyenda inmortal y cambiante. Aquel mismo día terminamos nuestra visita en la ciudad de Belfast, pero para no hacer esta parte más larga hablaremos sobre Belfast y sobre la historia de Irlanda en el siguiente artículo. Si el lector se ha quedado con ganas de más, puede mientras consultar el artículo que dedicamos a nuestra estancia en Dun Laoghaire, un lugar también fascinante y con mucha historia que contar:

Irlanda. Experiencias en tierras legendarias (parte I)

En el siguiente artículo podrás aprender multitud de cosas sobre la historia de la Isla Esmeralda, así como de Belfast, así que ¡no esperes más!:

Irlanda. Experiencias en tierras legendarias (parte 3). Breve incursión en la historia de Irlanda y visita a Belfast

Y en la última parte te espera la historia de los lugares más emblemáticos de Dublín:

Irlanda. Experiencias en tierras legendarias (parte 4). Fin de la odisea

REFERENCIAS

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